La Peste

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

OPINIÓN

Se puede notar la humedad. El eterno discurrir del agua. Como si la pantalla fuese líquida y al rozarla con el dedo se creasen ondulaciones. Y se deformase la imagen. Se puede notar. La picazón. Los insectos zumbando por toda la sala. Se puede notar el olor, la suciedad, el sudor, el hambre, la podredumbre, la miseria. El calor y la muerte acechando en cualquier esquina. El Guadalquivir, retornando una y otra vez. Siempre. Fluyendo hacia el mar. Levantan la vista y parece que lo ven. Allí, a lo lejos en el horizonte. El Nuevo Mundo. Por un momento, lo notas. La brisa de Sevilla. El calor desprendiéndose de la piedra. Cayendo a plomo mientras en el interior el fresco anida. Y la sangre se hiela. La enfermedad, la prostitución, la pobreza. La pompa, el oro, el chocolate, la corrupción, la política, el poder y la Iglesia. Una catedral que ya no existe. Caravaggio en cualquier escena. Claroscuro. Tenebrismo en la ciudad que hace siglos estaba a ser llamada la capital de la Tierra. La unión entre dos mundos. El almacén de todas las riquezas. Se alza en la pantalla una Sevilla que quedó en el camino. La Sevilla del Descubrimiento de América. Pero a Sevilla la asedian. Los que se quejan de los acentos, los que se fijan en el color cuando arde la cera. Como si la Historia pudiese patentarse para luego vender licencias. Sigue en la calle. Todavía contagia. La Peste. Ser incapaz de alegrarse si es otro el que gana.