La gente mucho habla, pero a ver ahora quién protegerá del sol con sombrillas publicitarias a los pilotos de fórmula 1 cuando estén, los pobres, en la parrilla -nunca mejor dicho- bajo un sol abrasador a falta todavía de unos minutos para que les dejen salir a dar unas vueltas. A ver, ¿quién? ¿Y todos esos puestos de trabajo, o todas esas horas facturadas por las agencias de azafatas, qué va a ser de ese empleo? La gente mucho habla, pero es que no se paran a pensar. Porque si los de la F1, por un poner, hubieran dicho que mantienen a las chicas pero que las vestirán con mayor decoro, el debate se reduciría a sus verdaderos límites: por qué y para qué están ahí esas mujeres tan guapas. Pero si prescinden de ellas sin más, dejan muy claro que sus funciones laborales -la sombrilla y tal- apenas merecen ser catalogadas como excusas baratas.
Todo esto lo he escuchado en un debate entre mujeres que se contraargumentaban ellas mismas con las razones que habían recibido de otros, casi siempre varones. Me pidieron que escribiera la columna sobre esto, porque estaban muy seguras de que mi enfoque favorecería el suyo. Tenían razón. Claro que siempre se podrían aducir motivos históricos: imaginen un podio de ciclismo sin azafatas y con un tipo de gafas que entrega un maillot, o un ring de boxeo o lucha libre en el que se señalan los asaltos en un marcador electrónico o que los canta un tipo con traje y gafas.
Decía C. S. Lewis que cualquier persona normal encontraría anormal, desviado e insano el cerebro de alguien que disfrutara hasta salivar con el espectáculo del progresivo desvelamiento de un chuletón. Más irregular y triste parece si el desvelamiento es televisado.
@pacosanchez
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