Como la magia que van desprendiendo, suelen hacer su aparición en los momentos más bajos. Saben cuando son necesarios. Esas tardes con cara de lechuga tumbado en el sofá, presionando compulsivamente los botones del mando a distancia, viéndolo todo pero sin ver nada. Hasta que de repente, aparece. Esa escena. La que nunca te cansas de ver porque podrías ver el resto de tu vida esa película en bucle. Y sueltas el mando al mismo tiempo que asoma la sonrisa más amplia que ha tenido tu cara en toda la semana. Te sabes los diálogos de memoria, pero da igual. Podrías acertar el número de abalorios que tiene el vestido de la protagonista, pero da igual. Es de una gran productora, un blockbuster de manual, esas películas de las que la crítica suele abominar. Pero es que da igual. Da igual que los efectos especiales sean de los que te enseñan a hacer con papel de periódico y cola blanca en Art Attack. Te sientas, te peinas un poco, subes el volumen y vuelves veinte años atrás. Cuando todo era más sencillo y el cine... El cine era para disfrutar. Y todo da igual. No sabes por qué, pero de lo que estás seguro es de que antes o después te vas a emocionar. Elora Danan, la elegida, ha escogido a Willow como su protector y guardián. Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir. Estaré aquí mismo. El látigo, el fedora. La arqueología. Bienvenidos a Jurassic Park.
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