En la estela del «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades» el Gobierno y los políticos acuñaron un diagnóstico descalificador de la ciencia española: «España no ha aprovechado el gran esfuerzo de financiación realizado la última década, ya que genera muchas publicaciones pero de escasa calidad y no transforma su conocimiento en innovación empresarial», como justificación de su imposible Estrategia Española de Ciencia y Tecnología y de Innovación 2013-2020. La realidad, según el trabajo de un grupo de científicos encabezado por Luis Santamaría y publicado en Ciencia Crítica y en Science, es que entre 1998 y el 2008 se triplicó la inversión en ciencia en España y ello llevó a que se duplicara tanto la producción como la calidad y la innovación. Y en un período posterior, a que la calidad se triplicara. En concordancia con el esfuerzo inversor (España dedica entre un 31 y un 66 % menos recursos y tiene entre un 15 y un 26 % menos de personal que Francia, Alemania, el Reino Unido y Estados Unidos), la producción y la calidad científica, así como la innovación, son claramente inferiores. Sin embargo, por cada euro invertido se produce más ciencia que en Francia y Alemania, y se duplica a EE.UU. Los artículos de alta calidad son tan solo un 10 por ciento menos que los de Alemania. Y la producción de patentes es muy inferior a la de Alemania y Francia pero tan solo un 4 % menor que la de Estados Unidos. Datos que cuestionan el diagnóstico gubernamental español de «mucha ciencia pero de escasa calidad». Desde que Francis Bacon argumentó que «el conocimiento es poder, ni ornamento ni argumento» hace cinco siglos, los gobiernos y los pueblos han hecho suya la idea de que la ciencia proporciona conocimiento susceptible de generar riqueza. Por ello, el Gobierno ha necesitado construir una afirmación perversa para justificar la inacción en ciencia y tecnología. Algo que ocho años después ha provocado que la situación de la ciencia en España haya empeorado: desde el 2009, el sistema de I+D ha menguado en unos 20.000 millones de euros (el presupuesto es un 35 % inferior al de aquel año), lo que ha supuesto perder además a unos 12.000 investigadores, a lo que es necesario añadir a ello la maraña burocrática y organizativa que impide una gestión y organización eficaz, incluso de tan mermados recursos. Ocho años sin dinero y sin políticas agravan además algunos de los males endógenos de la ciencia, la universal y la propia, que los tiene. Entre ellos la alteración de las normas de la ciencia de Robert Merton. Singularmente el «escepticismo organizado».
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