Se ha dicho antes y mejor: votar no es el punto de partida, sino el de llegada. Primero está la justicia. La humanidad viene votando desde siempre, y la justicia nace para defender al individuo solitario: a la víctima, pero también al asesino. En el sur americano, allá por el siglo XIX, las comunidades votaban a mano alzada si linchaban a los cuatreros o los esclavos, y solía salir que sí. Hitler llegó al poder en elecciones libres, como Hugo Chávez, que antes lo había intentado por la fuerza, y tanto Franco como Fidel Castro, golpistas ambos, fueron en algún momento ratificados en las urnas por los ciudadanos. En realidad el referendo catalán se lo acaba de cargar Ada Colau de un plumazo con su decisión de facilitar la «movilización popular». Ada Colau equipara así la jornada al día de la bicicleta.
No hay nada más manipulable que los sentimientos geográficos. Coja usted a los de la paella, Villarriba y Villabajo, y cómales el coco, verá cómo acaban tirándose los cubiertos a la cabeza.
La calle es muy peligrosa, porque se acaban quemando iglesias o matando rojos, judíos o tutsis, que todos ellos son igual de odiables. Pero hay media Cataluña que no quiere ser independiente, que no está organizada y que no tiene el apoyo de su Gobierno. Yo creo que antes del amor a la bandera tiene que estar el amor al bienestar, a la cultura, a la justicia o a la arquitectura. Y quisiera saber si el día 2 de octubre podrán manifestarse por la Diagonal los catalanes monárquicos, españolistas y conservadores sin que nadie los abuchee.
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