Uno era calvo del todo. El otro peinaba tan solo dos pelos. Su jefe, bastante merluzo, la verdad. Casi tanto como el barbudo del departamento tecnológico. Llevaban allí bastante tiempo. Una araña pasaba por encima el día que los rescatamos de su encierro. Las hojas olían un poquito a humedad. Y la nariz picaba con el polvo. Siempre acababas llorando. Es imposible ahogar la risa con sus embrollos. ¿Vocabulario? Mucho: rabadilla, píloro, y hasta qué es un paquidermo. Años enteros pasando sus páginas. Noches enteras con la lágrima asomando por el ojo.
Los agentes de la TIA fueron los primeros. Vinieron más. De vez en cuando, un viaje a la aldea gala. La de los rebeldes, sobre todo, chistosos. Doraemon nos visitaba por la tele. Pero era mejor cuando llegaba a casa en aquellos cuadernos. Fiz, como siempre, nos Biosbardos. Todavía no se ha limpiado el moco.
Con el paso de los años, Marjane nos arrancó a todos el velo. Uno por uno nos hacíamos mayores. Ya no nos apetecían aquellos cuentos. Y de repente, te das cuenta. A todos intentan clasificarnos. La peor historia de la humanidad se reduce a ratones, gatos y cerdos. Sí, definitivamente, te gusta el pollo con ciruelas. Venganza se escribe con V. Pero no. No todo es blanco o negro. Y paseas por las casetas. Esperando encontrar algo nuevo. Que no es leer, nos decían de pequeños. Larga vida al cómic. El material de los sueños.
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