El aerógrafo

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

OPINIÓN

Una gota de sudor frío que resbala por la espalda. Un latido en las sienes. Una opresión en el pecho. Un ligero temblor de manos. Y el recuerdo. Tenías 12 años. Y estás otra vez en aquella clase de informática veraniega. Y sientes el calor en aquella sala casi sin ventilación. Y el ruido de aquellas enormes máquinas que ya amarilleaban. Vuelves entrecerrar los ojos tras llevar media hora con la vista fija en el brillo infernal de aquellas mastodónticas pantallas. Y regresas a los rudimentos de los paquetes ofimáticos. A escribir un pequeño texto y luego poner negrita, y subrayarlo, y maravillarse con que la sangría no solo sea la bebida por la que se vuelven locos los turistas. Y se asoma una sonrisa tierna cuando recuerdas aquellos diez minutos de descanso en los que abrías el buscaminas o el solitario. El colmo de la innovación. La cúspide tecnológica. Hasta que un día, pinchabas con aquel ratón que se deslizaba lo justo -eso es que tiene pelusa en la bola- en el pincel y la paleta. Habías entrado en una dimensión nueva. La que te permitía hacer pintadas con un aerógrafo sin consecuencias. Y eras el Banksy de las ondas cibernéticas. Y allí estaba, sobre la pantalla, tu primera acción poética. Una frase sencilla. Una bobada. Pero a ti te parecía todo una proeza. Fue solo un segundo, pero a muchos casi nos estalla la cabeza. Esto no se hace. No nos puede amenazar con jubilar Paint. Sería una torpeza.