Conocimos los datos del paro del último mes con la retahíla que se nos ha hecho ya cotidiana, un número creciente de contratos sin que se aprecien mejoras sustantivas en aumento de la población ocupada y tampoco, por supuesto, de mejoras salariales; la práctica totalidad (porque nunca baja de porcentajes del 90%) de los contratos que se firman en España siguen siendo temporales, todo este crecimiento tiene como cimientos un castillo de naipes y además decirlo es de apestados y aguafiestas. Es ahora cuando se nos anuncia que se ha logrado recuperar el PIB per cápita perdido una década atrás con el estallido de la Gran Recesión. Enhorabuena a los premiados, que deben de ser muy pocos, porque esa recuperación (por llamarla de alguna forma) no se traducido en mejora general de ningún tipo. La ganancia en productividad del país se explica únicamente por la devaluación salarial mientras que los beneficios empresariales no han dejado de crecer para repartir dividendos. Y esto es importante, no ha habido innovación de ningún tipo, no se ha modernizado ningún sector de la economía, no se ha aprendido ninguna lección del pasado. Todo este auge se debe al sacrificio extremo de los trabajadores, a su monumental pérdida de ingresos, a la precariedad eterna y a que se haya disparado la desigualdad hasta rozar el argumento de una novela de Dickens. Pero decirlo es de aguafiestas.
Volvimos a escuchar esta semana a representantes de la patronal asturiana quejarse de que no encuentran trabajadores especializados que requieren sus necesidades logísticas. Para una gente que tiene todo el día en la boca la ley de la oferta y la demanda como mantra que lo explica todo, desde la antropología a la ortografía, resulta cuando menos chocante que no se les ocurra una sencillísima solución: ofrecer más dinero por esos trabajos que, por lo visto, tanto cuesta completar. Se lo aseguro con toda certeza, si ofrecen un buen sueldo habrá patadas para ir a trabajar a eso, lo que sea, que tanta falta les hace. Hagan la prueba, resultados garantizados. Escuchamos también, y ya es desesperante, que hay que enfocar la educación a las necesidades de las empresas. Y miren, no. De verdad que no, esto es una patochada que se repite insistentemente con cara muy circunspecta como si fuera la panacea de la economía del siglo XXI y no lo es en absoluto. Desde luego que la Formación Profesional, que forma específicamente para un oficio, debe organizarse en función de cómo evolucionen (y muchos lo hacen muy rápidamente) todos esos oficios. Pero la Universidad no es un cursillo de chichinabo para aprender el manual de instrucciones de una pyme que hoy es así y en cinco años es totalmente diferente; está para dar una visión universal y los aspectos específicos que necesita tanto una empresa se pueden (y deben) enseñarse en la propia empresa. Porque además eso tan relevante que les fascina ahora va a estar obsoleto en un lustro. Recordemos de nuevo que por algún elemento mágico al que nadie encuentra explicación, la formación universitaria española que a la patronal nacional nunca le sirve --porque nuestros licenciados están «sobrecualificados» y otras peregrinas explicaciones-- le sirve excelentemente a empresas del resto del mundo. Allá se van los que pueden y resulta que funcionan y triunfan. A ver si van a ser algo que hay en el agua o será la influencia de los astros. Lo que sea, literalmente aquí se recurre a lo que sea, antes de ofrecer buenos sueldos y buenas condiciones laborales.
Es con todo una batalla perdida desgañitarse con esto cuando la propia universidad ha asumido estas paridas con regocijo y se deja embaucar por el primer vendedor de crecepelo que despliega su escenarios de fuegos de artificio sobre «ideas disruptivas» y «retorno emocional». Tenemos el Campus de Mieres acogiendo este finde un «evento» para aprender a ser emprendedores y la vicerrectora de Acción Transversal y Cooperación con la Empresa explicaba que a los participantes se les entregaba un «kit de supervivencia» con la comida de tres días para que los chavales «tengan que decidir cuándo comer en función de sus objetivos»; ¡madre mía! lo nunca visto, paisanos de más de 20 años organizándose las comidas. Eso es «supervivencia».
Las jornadas las organiza Xavier Verdaguer que se define como «emprendedor en serie» (toda la semántica del entrepreneur busca revestirse de un aura de peligro y ferocidad de depredador que nunca es más que humo y fantasía) como un «killer» psicópata pero en gracioso. Emprender en serie consiste al final en empezar empresas mejor por decenas que por unidades y no terminarlas nunca, pegar un pelotazo y vender a algún incauto la parte correspondiente para empezar una nueva engañifa. Verdaguer inventó una vez unas zapatillas deportivas con GPS que se tenían que conectar al móvil y vibraban si tenías que girar a izquierda o derecha para orientarte hacia tu destino. No sé cómo no pudo triunfar tal descubrimiento y cómo no están todas las zapaterías llenas de este imprescindible artefacto. No es, por supuesto, porque sea una tontería de tomo y lomo sino porque es que este país no está preparado para acoger estas maravillas «disruptivas». Una vez le petó por completo una de sus empresas y se arruinó (no importa porque «aprendió mucho»), fue así porque sólo tenían un cliente, un único cliente y cuando desapareció todo se fue al garate. Sin duda necesitamos una universidad entera para poder explicar cómo pueden suceder cosas así. Las fantásticas proyecciones de facturación por millones de no sé cuántos proyectos se quedan ahí en Google con fechas atrasadas como eso, como proyecciones, porque nunca se concretan. Y la última es organizar este concurso para llevarse a unos alumnos a pasar unos días en Silicon Valley sin un verdadero objetivo, pero con mucho «retorno emocional», que no significa nada.
Todo muy guay en Silicon Valley --que es una catástrofe en la organización de la vivienda y que tiene episodios de terror en el trato a las trabajadoras pero aquí nunca se cuenta-- es la utopía tontolahaba de todos lo que tragan con el cuento del emprendimiento y el tecnocretinismo tan en boga. Es el paraíso de quienes creen que todo el mundo podría ser autónomo y que el trabajo asalariado es una antigualla, es una elección de perdedores. Luego resulta que las empresas que de verdad facturan en Silicon Valley, los grandes gigantes tecnológicos del Primer Mundo, lo que tienen es una producción industrial estratosférica en megafactorías que están los países más pobres del planeta, donde no hay derechos sindicales, donde se pagan unos céntimos y latigazos de propina. Ese es el gran secreto de la innovación, ese es el truco de la magia. Producir en condiciones de semiesclavitud es ahora, por lo visto, un hito del márketing y la estrategia. Y esta enorme moto, sin ruedas ni manillar, es la que estamos comprando en España.
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