El rechazo ayer de las enmiendas de totalidad al proyecto de ley de Presupuestos supone una magnífica noticia que hay que esperar culmine con la adopción final de la ley que permite a las Administraciones Públicas gastar y recaudar.
¿Por qué una magnífica noticia? Por dos razones: porque la aprobación de las cuentas públicas dará estabilidad para continuar la política de recuperación de cuyo éxito son buena muestra los excelentes datos de empleo de este mes de abril; y porque rechazar los Presupuestos abocaría a la convocatoria inmediata de elecciones, algo disparatado teniendo en cuenta que otros comicios no iban a colocarnos en una situación parlamentaria mejor que la actual.
Dicho lo cual, y como Xosé Luis Barreiro en su magnífico artículo de ayer, yo también estoy que me subo por las paredes ante el pacto de los gobiernos vasco y nacional que permitió rechazar las enmiendas a la totalidad. Un pacto que consiste esencialmente en modificar el montante del Cupo que el País Vasco tiene que pagar al Estado en un sentido contrario al que, según los especialistas en financiación autonómica, debería haberse hecho: rebajándolo de forma sustancial ¡y con carácter retroactivo! en lugar de aumentarlo en proporción al mayor peso de la economía vasca sobre la economía nacional. Si ya el sistema de cupo, injusto donde los haya y desconocido en todos los sistemas federales, fue un trágala en su momento, la reforma que ahora se pacta a cambio del apoyo a los Presupuestos es un abuso obsceno e insufrible por insolidario y despectivo hacia el conjunto del país.
Pues no se trata solo de dinero, aunque estemos hablando de muchísimo dinero. Se trata de que los dirigentes del PNV no han hecho, ni aun retóricamente, la más mínima referencia a España, a los españoles y a los intereses generales. Ellos están a lo suyo, en un negocio en el que las Cortes se convierten en una especie de bolsa donde los nacionalistas invierten sus valores (sus votos) con el único objetivo de obtener pingües beneficios.
¿Se imaginan que los partidos nacionales hicieran lo mismo que los nacionalistas? Es decir, ¿se imaginan que el sistema de partidos español estuviera compuesto por 17 fuerzas que van al Congreso a hacer lo que hace el PNV: sacar tajada de sus votos sin importarle un pito lo que le suceda al resto del país? Yo me lo imagino sin esfuerzo: que simplemente España, como comunidad colectiva de ciudadanos solidarios, dejaría de existir. Aquí cada uno iría a lo suyo y nadie a lo de todos en un reino de taifas que solo tendría en común los egoísmos territoriales de sus miembros. El PNV, como todos los nacionalistas, es la prueba viviente de que con ellos la pervivencia de cualquier Estado nacional digno de tal nombre es tan solo una quimera. Esa es, sin duda, más allá de lo que va a costarnos, la gran lección del acuerdo que permitirá aprobar los Presupuestos del Estado.