El sueño húmedo de Sun Tzu

Luis Ordóñez
Luis Ordóñez NO PARA CUALQUIERA

OPINIÓN

19 feb 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

A comienzos de esta semana se aprobó en el Parlamento Europeo el tratado comercial con Canadá conocido por las siglas de CETA. No diré que no hubo apenas debate sobre los contenidos del acuerdo (lo hubo, con muchos bulos intencionados por parte de sus detractores y con una desidia soberbia por parte de sus defensores) pero apenas llegó a la opinión pública. Sí lo hizo, y con todo lujo de detalles, una guerra de declaraciones sobre quién había votado con quién que estalló cuando el eurodiputado asturiano, el socialista Jonás Fernández, reprobó a IU y a Podemos que hubieran coincido con Le Pen y otros grupos euroescépticos en rechazar la aprobación del tratado. Bien es cierto que Fernández llevaba una jornada entera leyendo mensajes en los que se afeaba a los socialistas españoles que hubieran votado en el mismo sentido que el Partido Popular. La discusión se elevó, por decirlo de alguna forma, cuando entró en liza la también asturiana y eurodiputada de Podemos, Tania González, para sumar un nuevo argumento que demuestra la evidencia de la gran coalición en la sombra, y era que al mensaje de Jonás Fernández en Twitter le había hecho un retweet el popular Esteban González Pons.

Como todos los tratados comerciales, el CETA tiene virtudes y defectos, en todo caso su aprobación en el europarlamento no supone ningún paso irreversible porque debe ser ratificado por unos cuantos (y no pocos) parlamentos nacionales e incluso regionales. Pero en el día de la votación en Estrasburgo las redes sociales hervían como si fuera llegado el fin del mundo y el fondo del asunto no parecía desde luego que fuera a ser la supresión de aranceles o los tribunales de arbitraje privados sino la moralidad de las malas compañías. A ver con quién os andáis juntando; que no es que sea una novedosa estrategia política sino más bien recriminación de abuela a adolescente que quiere ir clandestinamente a tomar unas copas.

Lo comento porque no me pareció algo circunstancial, sino la tónica política que nos va a acompañar durante lo que queda de legislatura, que es bastante, bajo el segundo mandato de Rajoy. Las asombrosas cualidades de nuestro invencible presidente, que supera todos los obstáculos desde la quietud, se explican de manera muy sencilla. No es que Rajoy sea un gran estratega ni tampoco que tenga una portentosa habilidad para adelantarse a los movimientos de sus rivales, sino que ese esperar a todo escampe le ha salido muy bien desde sus inicios en esto de la política y llegado al nivel donde ya no debería funcionar se ha topado con la enorme fortuna de que sus adversarios prefieren mil veces cruzarse a machetazos entre ellos antes que tener que dedicarle el esfuerzo a hacer oposición al jefe del Ejecutivo. La suerte de Rajoy para con los que deberían ser sus enemigos supera enormemente hasta los sueños húmedos de Sun Tzu en «El arte de la guerra» porque ya no es que peleen entre sí, es que tienen declarada cada uno de ellos una batalla de aniquilación completa interna en cada uno de sus grupos. Desde la constitución del Congreso (pero no en junio, ya desde diciembre) no hay una verdadera oposición --ni tampoco el menor interés en ponerla en marcha en serio-- porque los que deberían hacerla se están haciendo oposición entre ellos.  

Mientras sucede todo esto, están pasando también unas cosas menores. No se alarmen, no hay ninguna prisa. Sólo es que tenemos al nuevo ministro del Interior desarticulando una brigada policial que se dedicaba a fabricar informes políticos sobre otras fuerzas y a propagar un rato más la conspiranoia del 11M; y también al ministro de Justicia dando paso a que el Fiscal General del Estado se lleve por delante la decisión de las fiscales que quisieron imputar al presidente Murcia y justificando que quizá el propio Pedro Antonio Sánchez hubiera podido tener acceso al escrito de acusación antes que nadie. Minucias, no hay nada que temer, la impunidad con la que se producen estos acontecimientos está garantizada porque hay asuntos mucho más relevantes que atender cómo quién será el gallo con la cresta más alta de esta oposición minúscula, ensimismada, que padecemos.