Mariano Rajoy llegaba a la Caja Mágica con una condena de 13 años a los cabecillas de la trama Gürtel, que se enriquecieron haciendo negocios sucios bajo el paraguas del PP, y la confesión de nueve empresarios que admitían la financiación ilegal del partido en Valencia. Un escenario político que podría parecer límite a un observador que no conociera la política española y, sobre todo, al presidente. Incluso en un congreso llamado a ser una balsa de aceite emergió una fuerte contestación a Dolores de Cospedal, saldada a su favor con un presunto pucherazo, que dejaba ver que no todo es paz y amor en el PP, sino que también hay peleas internas que no emergen porque el poder es el mejor pegamento que existe en las formaciones políticas. En su enésimo curso de marianismo avanzado, Rajoy logró que la caja b del PP, que se está juzgando en los tribunales, se transformara en caja mágica donde exhibir su poder absoluto. El presidente templa y manda desde las alturas, elevándose por encima del bien y del mal. Ordena el maquiavélico juego de equilibrios entre Cospedal, la perdedora del cónclave pese a su reelección como secretaria general, y Soraya Sáenz de Santamaría, cuya operación diálogo en Cataluña es la crónica de un fiasco anunciado. Y dejó claro como aviso a navegantes, léase delfines, que puede dar mucho más. Su objetivo son tres legislaturas. Mientras era reelegido a la búlgara, recibía otra buena noticia desde Vistalegre, donde Pablo Iglesias se imponía de forma contundente a Errejón. Así podrá seguir alentando con éxito el fantasma del populismo y la radicalidad, seguro de que el líder de Podemos nunca le podrá desbancar. Solo la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE puede ya complicar sus planes.