Dentro de muchos años, incluso cuando Cuéntame no esté, habrá que volver a esta serie para explicar el comportamiento de la audiencia. Un público inagotable que pase lo que pase sigue siendo fiel a las aventuras de una familia tan ideal como cualquiera de las nuestras, tan sumamente imperfecta que es capaz de mantener la atención de todos nosotros pese a todo. Dieciocho temporadas después, y hay que intentar contarlas una a una, Cuéntame se ha medido con todo tipo de programas, de shows, de realitys, de contraprogramaciones y ahí sigue inamovible, el jueves por la noche, como una marca propia y eterna de la televisión. Nosotros podemos haber encontrado trabajo, nos han podido despedir, podemos habernos casado, divorciado, haber tenido varios hijos, nos han muerto los abuelos, pero ahí están, fieles a sí mismos, los Alcántara, con el mismo tirón de siempre y con la abuela Herminia camino de batir un récord de longevidad.
¿Hay algún tipo de explicación para semejante share (casi tres millones de espectadores) diecisiete años después? Ese es el gran misterio de Cuéntame, la capacidad que ha tenido esta serie de engancharnos en la rutina de lo cotidiano, en el pasado común, sin importarnos en absoluto el final de los guiones más previsibles. El último así dato nos lo demuestra: la pasión entre Carlitos y Karina ha vuelto a disparar el interés de la serie como si jamás hubiéramos visto a una pareja dándose un revolcón en prime time. Dieciocho temporadas después, los analistas televisivos solo pueden plantearse a estas alturas una pregunta: Cuéntame cómo pasó.