Hace algún tiempo me invitaron a dar una conferencia en Lyon (Francia) sobre el estado de la corrupción en España. Hice una exposición periodística con datos y casi sin opinión y cuando se abrió el coloquio, un personaje del público pidió la palabra y me dijo: «Me ha decepcionado usted; vine a conocer la situación de España y lo que ha contado es exactamente lo que ocurre en Francia».
Recordé la anécdota al ver cómo andan los aspirantes a la presidencia de la República del vecino país. El Parlamento Europeo reclama a la señora Le Pen más de 300.000 euros cobrados indebidamente. Al señor Fillon, candidato de la derecha moderada, lo estaban investigando por haber pagado medio millón de euros a su esposa por un trabajo no realizado en la Asamblea Francesa. Ese descubrimiento le hizo perder 16 puntos en las encuestas de popularidad. Ayer se publicó que también pagó 84.000 euros de dinero público a dos de sus hijos.
El episodio de Fillon se quedaría en un caso más de corrupción que pagaría en los tribunales o le apartaría de la carrera presidencial si no se dieran unas inquietantes circunstancias añadidas. La primera es que este hombre es el único que hasta ahora podía frenar a la extrema derecha de Le Pen. Ahora la señora Le Pen puede dejar de ser enemiga por la investigación abierta en el Parlamento Europeo; pero puede que esa investigación se quede en nada, como sospechan bastantes eurodiputados. Si fuese así, ¿sería de recibo que se diese el poder a la extrema derecha simplemente porque el candidato que lo puede impedir ha resultado ser un corrupto?
Me parece de una responsabilidad histórica. Los partidos tendrían que tener unos mecanismos de relevo de candidatos cuando pierden la confianza ciudadana como la ha perdido Fillon. Deberían tener una especie de resorte para hacerlos saltar de los carteles electorales cuando se les descubre una indecencia. Y no solo por la posibilidad de perder las elecciones, sino por el daño que hacen al país y al concepto del servicio público: llevan a la sociedad la convicción de que todos los políticos son unos ladrones, estén en la parte alta o en la parte baja del escalafón.
Y eso no es verdad. Sin embargo, ahí está una de las claves del crecimiento de los populismos. El incremento de sus votos en Europa no es una casualidad ni una moda. Es uno de los frutos de los comportamientos innobles de sus competidores, casualmente pertenecientes a lo que se llama «la vieja política». Y los efectos son superiores al territorio nacional donde se producen los escándalos, en este caso Francia. Pueden salpicar a Alemania, aunque la señora Merkel sea intachable. Pueden llegar a España, aunque al señor Rajoy no haya nada que reprocharle.