Desde que Podemos y sus confluencias se han convertido en fuerzas relevantes ha tenido lugar en la política española -nacional, autonómica o local- un cambio difícil de apreciar pero significativo: la aparición de un nuevo sujeto político -la gente- que se ha convertido en el gran referente del discurso de los partidos emergentes. La gente quiere o no quiere, afirma o niega, está de acuerdo o rechaza todo aquello que, según la interpretación única y auténtica de sus aspiraciones y deseos, hacen Podemos, En Marea, En Comú Podem o Compromís.
Tras la generalización de la democracia después de 1945 hasta la reciente emergencia de los nuevos populismos de izquierdas y derechas el funcionamiento del Estado constitucional venía descansando en Occidente sobre dos principios esenciales e íntimamente vinculados entre sí -los de soberanía popular y representación-, por virtud de los cuales el Parlamento y otros órganos de representación local o regional eran los genuinos mandatarios del pueblo soberano. Aunque se trataba, claro está, de una ficción política -la de la representación- esta tenía tanta fuerza como para robustecer la legitimidad de los representantes democráticos del pueblo (reduciendo drásticamente los niveles de conflicto social existentes previamente) y para haber derrotado con estrépito a los dos modelos de organización del poder que pretendieron sustituir a la democracia liberal: el comunismo y los fascismos.
Hoy son otros los adversarios de las democracias liberales, las única que de verdad han existido a lo largo de la historia: esos populismos que, al tiempo que desprecian a los órganos de representación del pueblo, ensalzan a la gente, hasta la adulación, y la convierten en el nuevo soberano, que supuestamente hablaría solo por la boca de los que tienen la arrogancia de presentarse como sus exclusivos portavoces.
Cuando Pablo Iglesias o Luís Villares, Podemos o En Marea, insisten una y otra vez en que hablan en nombre de la gente lo hacen convencidos de que son los únicos intérpretes de la auténtica voluntad colectiva, que no es la del pueblo expresada en elecciones y representada en las instituciones democráticas. Unas instituciones que, según el populismo en ascenso, pervierten más que manifiestan lo que quiere, necesita y anhela la gente de verdad, aquella a la que, por ciencia infusa y arte de birlibirloque, solo conocen los nuevos populistas.
El pestazo antidemocrático de esa tan disparatada como peligrosa forma de interpretar el postulado central de la soberanía popular se huele a gran distancia cuando la expresa el nuevo presidente de Estados Unidos en la demencial soflama de posesión con la que insultó al pueblo americano. Está más disimulado en boca de los dirigentes de Podemos y sus confluencias, pero la idea motor del discurso político de Trump y el podemismo no difiere: que los órganos de representación popular engañan a la gente, que sería el pueblo auténtico y sin manipular. Para echarse a temblar.