Si el problema del PSOE fuera exclusivamente de liderazgo se resolvería, con toda seguridad, antes o después. Si el desafío al que se enfrentan los socialistas españoles tuviera que ver solo con la fractura ocasionada por la enfermiza ambición de Pedro Sánchez, los nubarrones que se ciernen sobre ellos no tardarían en despejarse más tiempo que el que le llevara entender al ex secretario general que su tiempo ya ha pasado. Si, en fin, los enfrentamientos internos se derivaran nada más que de una lucha por el poder entre facciones, el espíritu de supervivencia de unos y de otros acabaría por imponerse al cainismo partidista.
Pero no. La pura verdad es que la gravísima crisis que ha puesto al Partido Socialista al borde del abismo no es solo de liderazgo y de lucha faccional, aunque una y otra cosa estén dificultando, sin duda alguna, su salida del agujero negro en que ahora está. La pura verdad es que hoy existen en el PSOE al menos dos proyectos políticos notablemente diferentes que, aunque podrían convivir si los socialistas disfrutasen del poder, se han convertido en un lastre insoportable en el penoso camino hacia el Gobierno. Dos proyectos, sí, aunque sean difíciles de ver bajo la hojarasca de las querellas personales y las luchas intestinas.
Hay un PSOE de centroizquierda, que aspira a ser mayoritario para gobernar con libertad, que defiende un Estado autonómico igualitario y solidario y recoge lo mejor de la tradición socialdemócrata y de las raíces liberales del pensamiento de la izquierda no dogmática. Fue el PSOE de Felipe González, antes de que el partido acabase devorado por la corrupción y su líder convertido en una caricatura grotesca del joven dirigente que reunió un día el consenso necesario para culminar la transición.
Y hay un PSOE izquierdista, que se conforma con participar, liderando -o incluso sin liderarlo- un frente radical con la restante izquierda y el nacionalismo independentista, que recela de la transición y de la mejor de las Constituciones que jamás hemos tenido, que entronca ideológicamente con el pensamiento dogmático y maniqueo de las dos Españas y defiende una confederación desigualitaria e insolidaria de los territorios españoles bajo la consigna del Estado federal, sabiendo o sin saber que el nuestro ya lo es. Fue el PSOE que nació con Rodríguez Zapatero, verdadero artífice de la deriva demencial que lo ha llevado al desastre en que hoy está.
Esos dos partidos -que tienen sus antecedentes históricos en los Prieto y Largo Caballero de la II República española-, son cada día más visibles desde la derrota socialista en el 2011. Tan visibles que, a medida que pasa el tiempo, hay una duda que no deja de crecer: si los dos pueden seguir unidos en la misma formación. Ese y no la gresca de mediocres entre Susana Díaz y Pedro Sánchez es el verdadero problema del PSOE.