Mientras entre los trabajadores de PSA-Vigo cunde estos días la inquietud ante el nacionalindustrialismo de Marine Le Pen, quien, tratando de pescar en el río revuelto de la rampante demagocracia que amenaza a medio mundo, habla de llevarse las plantas extranjeras de Citroën para Francia, del otro lado del Atlántico, en México, cunde el pánico tras la capacidad que está demostrando Donald Trump, otro gran nacionalindustrialista, para torcerle el brazo a los fabricantes norteamericanos de automóviles con el fin de que repatríen factorías y dineros. La decisión de Ford, que canceló las inversiones que por valor de 1.600 millones de dólares tenía previsto realizar del otro lado del Río Grande, fue seguida casi de inmediato por la iniciativa de Fiat-Chrysler, que seguirá idéntico camino e invertirá en Estados Unidos 1.000 millones de dólares para cubrir los gastos de fabricación de modelos que volverán a producirse en Norteamérica.
Para quien pudiera pensar que ese reaccionario nacionalindustrialismo es un síndrome política y económicamente tóxico que solo afecta a los extremistas de derecha, quizá convenga recordar que en el Reino Unido, verdadera cuna de un librecambio que ha estado asociado históricamente a la democracia y al Estado de derecho, se baraja ahora la posibilidad de cobrar a las empresas, por contratar a trabajadores de la UE, una tasa similar a la de 1.000 libras que, desde abril, deberán pagar los empresarios británicos ¡por cada trabajador extracomunitario que trabaje para ellos!
El efecto contagio de medidas proteccionistas de ese estilo, que suponen un retroceso gigantesco respecto de conquistas que hace nada parecían intocables, ha llegado al propio Corbyn, líder laborista, que se muestra ahora reticente en relación con el principio de libre circulación de trabajadores, uno de los principios constitutivos de la UE.
¿Qué está pasando? Pues que el nacionalismo, una peste que ha demostrado su sobrada capacidad para correr por doquier como la pólvora, hace ahora estragos entre poblaciones corroídas por los miedos sociales y económicos nacidos con la crisis económica que estalló en 2007-2008. El nacionalismo, sí, porque el de Trump y el de Le Pen es, en su esencia, el mismo que el de los que en Galicia recurren al concepto de soberanía alimentaria para defender el consumo de los productos propios contra los productos importados.
Los nacionalistas son, en este como en tantos otros ámbitos, especialistas en ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. El nuevo nacionalagricolismo pretende vender mucho a los de fuera pero sin comprarles absolutamente nada. El nuevo nacionalindustrialismo aspira a lograr inversiones extranjeras, protección contra los productos foráneos y ventas a mansalva en todos los mercados. No importar nada, exportar mucho. ¡Así cualquiera!