Siempre puedo comprender a una ministra que se emociona en el desempeño de su cargo. Sucede que las emociones de los ministros por más que sean individuales desencadenan emociones colectivas o sociales, y estas se sienten en función de los otros. Se emociona la persona y lo hace el grupo al que pertenece. Para que se desencadene una emoción es necesario un estímulo concreto. En el caso de Dolors Monserrat, a la sazón ministra de Sanidad, nos ha estimulado a todos, pensionistas actuales y futuros, porque no sabiendo nada qué decir sobre sanidad o servicios sociales debió de encontrar en el despacho de ministra de Sanidad, tan poco habitado desde que Ana Mato lo tuvo que dejar, algún dosier olvidado de aquella época en la que se implantó el copago farmacéutico para los pensionistas, sin que Ana Mato y su secretaria general de Sanidad consiguieran sin embargo imponer el copago farmacéutico hospitalario, decreto-ley por medio. Se le sublevaron las comunidades autónomas, incluso las gobernadas por los populares.
Uno comprende que un ministro no tiene que saber de su cartera específica. Molesta más la incultura política y el desconocimiento de la realidad y de su historia. Lo vean como lo vean, en el copago farmacéutico y en el principio de progresión fiscal a la ministra le fallan conceptos y reflexiones básicas. Desconocimiento que no habiéndose hecho público no hubiera despertado ninguna emoción colectiva pero, evidenciado ante micrófono e incluso en el alado mensajero instantáneo, las provoca. Súmese a ello el papel de las neuronas espejo, que nos permiten comprender lo que sienten los otros, y tendrán la respuesta social ante la emoción imprudente de la ministra.
No discuto que existan rentas de cien mil euros pero, desde luego, no pensiones. Estas tienen un límite máximo de unos escasos 36.000 euros, y la solidaridad entre las personas deriva de que para poder percibirla la legislación establece que deberán haber cotizado hasta por 45.000 euros año tras año. Y si la ministra, o su gabinete, prestaran atención a los pocos más de sesenta mil ciudadanos que declaran rentas entre 150 y 600.000 euros, a los poco más de cinco mil que superan esos 600.000 euros, o a que la pérdida acumulada de ingresos de la Hacienda pública en siete años ha superado el cuarto de billón de euros, quizá dejarían de emocionarnos con el copago farmacéutico como solución de nuestros males y desde el Consejo de Ministros atenderían a la Hacienda pública.
La imprudencia se evidencia porque la ministra agita el árbol de la sanidad y las pensiones, percibidos como derecho indiscutido de los ciudadanos, derechos que se han ido consolidando primero con la llegada de la Seguridad Social agraria, luego con la universalización de la sanidad y la implantación de las pensiones no contributivas, para llegar hoy a las incertidumbres que se ciernen sobre todos. Donde precarizar más al pensionista provoca emoción a la ministra. Emocionándonos a todos.