Nada interesante sucede en nuestra zona de confort. No levantamos la vista del móvil, pura zona de confort, y así nos perdemos el espectáculo de la vida. El espectáculo de la vida es inmenso, inabarcable. Tal vez nos asustan sus dimensiones de océano y más allá. El ser humano siempre fue un conquistador. Hasta que lo conquistó una pantallita en la que ve muchas cosas, pero en la que no mira nada. Claro que el móvil es una herramienta fabulosa. Ha salvado vidas. El accidentado que cayó por un acantilado y pudo avisar que estaba allí para que lo rescataran. Gracias al rastro que deja siempre se han podido resolver crímenes repugnantes. Pero en las aplicaciones del móvil no está la vida. La vida auténtica está en las complicaciones y en salir de ellas. Menos aplicaciones, y más complicaciones. Era mejor cuando leíamos el horóscopo con ironía e interpretábamos lo que nos daba la gana que ahora que consultamos el móvil para todo. Los médicos advierten con razón que el móvil no es un médico. Mirar en la pantallita síntomas y enfermedades es un disparate. Las horas de pantalla son muchas veces horas de no vida. Hay vacío en esa luz artificial, como de quirófano. La luz natural es tranquila y danza. La luz artificial es de insectos. Con manzanita o sin ella, el pecado es morder la manzana, pero una de verdad. Salgamos fuera de la zona de confort. Levantemos el cuello. Miremos. Admiremos. Estamos rodeados de seres que sienten. Como nosotros. Recuperemos ese instante fugaz en el que si queremos todos sabemos ser un bólido de fuego. El sonido es de la campana.