Cachitos. Amontonados unos sobre otros van construyendo el zapping del año. Cachitos. Los que abandonados sobre la mesa se van revelando como la comida del día siguiente. Y del otro. Y del otro. Y al otro más, serán cachitos para croquetas. Cachitos. Los mil pedazos en los que se te parte el corazón cuando en un programa de cachitos de citas una chica se declara fan de un cachito de la historia del arte para luego espetar sin rubor que Dalí bien, pero es algo comercial. Allí está, para pillar cacho. Y el cacho que se lleva es el que ha arrancado de tu alma. Cachitos. Monólogos de ayer, de hoy, y sobre todo de antes de ayer y de hace tres años, que se colocan uno tras otro, uno tras otro hasta que uno reza por que la televisión explote en mil cachitos antes de tener que ver otro cachito de España antes de que España se cayese a cachitos. Cachitos. Los tres con los que se ha confeccionado el vestido para esa chica que solo está allí para enseñar cacho durante ese cachito de noche en el que todos miramos fijamente el reloj antes de abrazarnos porque hemos sido capaces de dar la bienvenida a otro cachito de siglo. Cachitos de caspa. Cachitos de playbacks. Cachitos refritos. Y en medio, ese cachito. Ese cachito de Cachitos de hierro y cromo que en medio de la ropa vieja que nos ofrecen cada Nochevieja nos ofrece un cachito. Un cachito de esperanza.
Comentarios