Inefable es, según el Diccionario de la lengua española, lo que con palabras no puede explicarse. El término le va como anillo al dedo a Ada Colau, pues es difícil explicar con palabras la ideología (¡pues de algún modo hay que llamarle!) y la forma de gobernar de alguien que ha convertido el dislate, el oportunismo y la impostura en su marca personal.
Como no hay mes en que la señora Colau no tenga la gentileza de regalarnos un notable despropósito, se hacía ya esperar el de diciembre: su oposición a que las fuerzas y cuerpos de seguridad (Policía Nacional, Guardia Civil, Mossos d’Esquadra y Guardia Urbana) estén presentes en el Festival de la Infancia, que ahora se celebra en Barcelona. En su negativa ha incluido la alcaldesa, por supuesto, al Ejército español, cuya presencia había ya vetado previamente, en marzo pasado, en el Salón de la Enseñanza, sin importarle un pito que las academias militares, a las que se accede por selectividad como a cualquier otra facultad universitaria, formen parte de nuestro sistema de enseñanza.
Alguien podría pensar que la obsesión antipolicial de Ada Colau procede de su dura experiencia en la lucha antifranquista, cuando los policías eran aquellos cuerpos represivos cuya disolución pedíamos a gritos quienes entonces corríamos como centellas delante de los grises. Gran error, salvo que la indescriptible regidora practicara la única profesión que hasta hoy se le conoce, la de agitadora, desde su más inocente y tierna infancia. Y es que la señora Colau nació en 1974 y cuando murió Franco tenía por tanto solo un año.
No, no, como tantas otras cosas, el antipolicialismo (sic) de Colau es solo otra impostura para venderse de izquierdista de pro ante un público neolítico que considera que las fuerzas de seguridad son enemigas de la libertad y no una institución esencial para su defensa y protección. La misma Colau que veta a la policía en actos donde su presencia constituye un factor de educación social de primer orden va, desde luego, bien protegida por escoltas y trabaja en un edificio vigilado por fuerzas policiales. ¡Policía no!, por tanto, salvo para Colau, a quien se la pagan sus vecinos.
Colau expulsa del Festival de la Infancia a las mismas fuerzas de seguridad que, entre otras muchas misiones esenciales para garantizar la libertad y seguridad de todos, luchan contra las redes de pornografía infantil, persiguen a quienes cometen abusos sexuales sobre los niños y los protegen frente a las redes de trata que controla la delincuencia organizada. Sin las fuerzas de seguridad y sin el Ejército de los que Colau se vale para hacer la más indecente demagogia populista, nuestra vida de todos los días sería mucho peor y nuestra seguridad, en un mundo donde crecen como hongos los enemigos de la libertad, estaría en grave riesgo. Ella lo sabe, pero, con Luis de Góngora, aplica, como a todo, su gran lema de gobierno: ande yo caliente y ríase la gente. Una carota: eso es Colau.