Podemos, al mejor estilo soviético

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

«Hoy en el comedor del Congreso he sido amenazado por el compañero Juan Carlos Monedero, quien me ha advertido que hasta febrero puedo decir cosas que a él le molestan, pero que cuando todo vuelva al orden tenga ojito con lo que digo. Estas actitudes me parecen repugnantes y no van a impedir que siga dando mi opinión sobre qué Podemos necesitamos. No me callé en mi carrera judicial y no decidí participar en política para callarme. Como comprenderéis, como juez y como persona, no puedo dejar pasar la intimidación».

Con tan reveladoras palabras denunciaba hace dos semanas Juan Illanes, diputado de Podemos y juez de profesión, en su canal público de Telegram, las amenazas de las que había sido objeto por parte de uno de los fundadores de su partido, Juan Carlos Monedero, cuya actitud intimidatoria es más propia de un antiguo líder soviético que de alguien que vende la imagen de renovador de esa política que él y sus amigos dieron en llamar la de «la casta».

Cabría interpretar esa forma implacable de amedrentar al discrepante como un desvarío personal de Monedero, pero basta con observar cómo están comportándose estos días precongresuales los partidarios de Pablo Iglesias con Íñigo Errejón para concluir sin ningún género de dudas que el estilo soviético es marca definitoria de Podemos. Aunque tengo pocas dudas de que, cambiados de lugar, Errejón haría lo mismo con Iglesias, lo cierto es que la campaña de descrédito y acoso en la red (de «desprestigio y erosión» la ha denominado Rita Maestre) que los pablistas han organizado contra el errejonismo es una muestra palpable de una forma de concebir la política y, aún más allá, el propio pluralismo democrático, que de renovador no tienen más que el nombre. Leninismo puro, con un fuerte ramalazo de las técnicas atemorizadoras del estalinismo, pasados ambos por la inmensa capacidad de coacción propia de Internet.

Nada nuevo, salvo, claro está, la posibilidad de llegar en tiempo real, sin apenas coste y amparados muchas veces por la impunidad que da el anonimato, a docenas, cuando no a cientos, de miles de personas. Nada nuevo, porque la historia de los partidos comunistas está plagada de esa forma de concebir la política como aniquilamiento del adversario, borrado social del discrepante e imposición del silencio de los cementerios a cualquier discurso diferente al oficial.

No es Podemos, desde luego, el único partido que practica una política interna de ese estilo, pero es el único que lo hace pretendiendo vender al mismo tiempo la moto de una supuesta renovación de la política que vendría a acabar con todas los perversiones de los partidos del sistema. Esa va siendo, en todo caso, la seña de identidad fundamental de una fuerza política que se ha especializado en criticar a todas las demás y practicar, multiplicados por diez, todos los vicios que crítica. En eso a Podemos no hay, desde luego, quien le gane.