El mensaje navideño del rey nunca depara sorpresas. Las reacciones de los partidos políticos, manifestadas por sus portavoces de guardia, tampoco. El primero se limita a recitar una letanía de obviedades y lugares comunes, inspirados por el Gobierno de turno pero suficientemente genéricos y ambiguos para facilitar alguna baza a la oposición más dúctil. Los segundos se distribuyen dos papeles: el de corifeos, que doblan el espinazo para asentir reverencialmente a la palabra real, y el de los irreductibles, que siempre encuentran agravios en los recodos del discurso, desconexión con los problemas del ciudadano común e innumerables asuntos olvidados. Todo previsible y prefijado de antemano. Francamente, podríamos ahorrarnos la ceremonia televisiva y despachar el pavo de Nochebuena en un santiamén para llegar a tiempo a la misa del gallo. O al pub, donde la irreverente juventud de hoy celebra con alcohol el nacimiento del Mesías.
Solo hay, pues, dos formas de analizar el contenido del mensaje: fijándonos en el significado de las omisiones o en la polisemia de los detalles. Las primeras son evidentes. El rey no dedicó ni una palabra a la incesante violencia machista, que este año segó la vida a 44 mujeres; ni a la crisis de los refugiados, cuyo tratamiento pone en solfa el espíritu solidario de Europa; ni al terrorismo yihadista que socava con bombas y sangre los cimientos de la civilización occidental. No le atribuyo al monarca mala intención al obviar tales temas, olvidos perdonables que hubiera subsanado, sin mayor riesgo, con frases rituales de condena. Más dudas albergo sobre su inocencia al dejarse en el tintero asuntos como la reforma de la Constitución o la corrupción. ¿Debemos interpretar el mutismo real como oposición a abrir la caja de Pandora sellada en 1978? ¿Significa su silencio una manera de dar por clausuradas las cloacas de la corrupción y pasar página, apresuradamente, antes de que se dicte sentencia sobre los tejemanejes de su hermana y de su cuñado?
Hubo lagunas en el mensaje, pero, de lo dicho, el diablo está en los detalles. Al discurso real le ocurre lo mismo que a ese convecino que, cuando se le pregunta por su estado de salud, responde invariablemente: «Bien, bien, siempre que no entremos en detalles». Si ahondamos, aparecen la arterioesclerosis, los triglicéridos o el insomnio, por no hablar de achaques mayores. Como el espacio asignado se me acaba, pondré un solo ejemplo. Acierta el rey cuando insta a corregir la desigualdad social y cuando menciona los grandes sacrificios asumidos por el pueblo español durante la crisis. Pero se le ve el plumero al establecer una relación causa-efecto: los sacrificios causaron la desigualdad. No, majestad. Fue el reparto de sacrificios lo que amplió la fractura social. Unos dejaron la piel en el empeño, otros se sacrificaron mucho menos y algunos se fueron de rositas. Si todos pagaran la misma cuota, la brecha no se habría agrandado. Por lo demás, el discurso, bien. Siempre que no entremos en detalles.