Porque hoy, como siempre ocurre, es Nochebuena. Fiesta anclada en mi memoria, en mi comportamiento occidental y cristiano, en el que conmemoro el nacimiento de Jesús.
Y como sé de dónde vengo y adónde no voy a ir nunca, debo recordar que me resulta muy ajena la celebración del Ramadán musulmán o la Januká de los judíos, que sin embargo no me molestan en absoluto, porque forman parte de las tradiciones de otras culturas que están muy alejadas de los códigos que orientan mi vida.
Añoro aquellas lejanas Navidades de mi infancia, la cena en la mesa grande con mis abuelos y mis tíos, ingenua e inocente, con una algarabía que subrayaba la banda sonora de villancicos cuando los peces reiteraban su sed en un río que cruzaba el nacimiento familiar con papel de plata, antes de que distintos pescados se rehabilitaran y dejaran para siempre la bebida.
Aquellos años se envolvieron en niebla y se fueron para siempre cuando los abuelos ya no pudieron convocarnos. Fue un duro golpe en mi imaginario adolescente, que quebró toda mi infancia. Aquellas noches de turrones sin elección posible, duro o blando, de postre de higos y pasas, de bullicios compartidos con toda la república infantil de primos, están ancladas en una memoria que no regresara jamás. La misa del gallo a las doce en punto era la frontera que cosía la Nochebuena a la Navidad
Los años fueron sucediéndose y los abuelos fueron los padres y los suegros; otros niños, mis hijos, fueron reemplazando el hueco de los primos, y también los padres nos dejaron y fueron los hermanos quienes acudieron a la cita. Y esa fase quedó atrás y ahora he vuelto al estricto núcleo familiar, y desde la nostalgia evoco aquellos días, aquella noche en la que a lo largo de los lustros fui conscientemente feliz.
Y sigo reivindicando la cena familiar y cumpliendo año tras año con el rito, idéntica ceremonia de siempre, con mi mujer, mis hijos y mis nueras, y desde la mesa de fiesta tengo un recuerdo, que me enseñó mi abuela Carmen, para «los caminantes perdidos en la noche, y para quienes no tienen con quien compartir la mesa».
Hay un regusto de cuento navideño de Dickens, con un tétrico paisaje nocturno londinense de fondo que hace más emotivos los recuerdos.
Mañana es Navidad y el joven invierno está haciendo acto de presencia en los caminos de la nieve, en las nuevas rutas del miedo, del dolor, que quieren asesinar el espíritu de la Navidad llevando la muerte al mismo corazón de Berlín donde se instala uno de los mercados navideños tradicionales. Justo al lado de la iglesia de la memoria, que se conserva herida por los bombardeos de la segunda gran guerra como símbolo de que no hay que olvidar el terror.
No podrán con nosotros, la Navidad sigue creciendo en la vieja Europa de los ciudadanos, seguirán encadenándose los años y entre la nieve seguirá escuchándose un coro que interpreta en la noche el Adeste fideles. Y la vida continuará girando a nuestro derredor y recordándonos que mañana, desde hace algo mas de dos mil años, es Navidad. Que sean felices.