Pablo e Íñigo

Enrique Clemente Navarro
Enrique Clemente LA MIRADA

OPINIÓN

Pablo e Íñigo se escriben cartas personales que puede leer todo el mundo. Íñigo y Pablo son amigos, compañeros y hermanos, residentes en Madrid. Pablo e Íñigo no tienen inconveniente en besarse en los morros delante de las cámaras de televisión para que se vea cuánto se quieren. Íñigo y Pablo debaten desde la fraternidad, pero se dicen cosas muy feas, como dos amantes de telenovela despechados. Pablo echa en cara a Íñigo que es un falso, que le dice que hay que ocultar lo que se piensa. Íñigo acusa a Pablo de pretender una involución democrática en Podemos. Los hombres y mujeres de Pablo purgan a los de Íñigo, como en Madrid, y los amenazan con una vendetta cuando se restablezca el «orden estalinista» (Monedero dixit, según Yllanes). Los hombres y mujeres de Íñigo lo cuentan en las redes sociales para que todos se enteren y trasladan que temen ser laminados por Pablo en Vistalegre II. Íñigo y Pablo mantienen una discusión bizantina sobre la forma de votar en su congreso digna de un abstruso seminario universitario, algo así como qué fue antes, el huevo o la gallina. Pablo e Íñigo pactan a solas en los despachos, como se ha hecho toda la vida. Íñigo y Pablo se gastan bromas y hacen chistes en Twitter para que sus seguidores vean que en el fondo son gente como ellos, aunque a veces hablen raro. Pablo e Íñigo salen en televisión a todas horas, sobre todo en dos cadenas en las que más que dirigentes políticos parecen colaboradores fijos. Pablo va de malo y radical y le gusta meter miedo, Íñigo va de bueno y moderado y pide reclutar «a los que faltan». Íñigo y Pablo tienen sus propias pandillas, se llaman y errejonistas y pablistas. Pablo e Íñigo se pasan los días hablando de Íñigo y de Pablo, de Pablo y de Íñigo.