No sé si es tendencia o simplemente se ha instalado en nuestro ADN como un paso más en la evolución, pero desde hace un tiempo vivimos en el síndrome de la prohibición. Antes, cuando de lo que se trataba era de abrir puertas, de que saliera gente nueva en los programas, de que se hicieran cosas diferentes (aunque fueran horrorosas) nos interesaba perforar los muros necesarios en favor de que soplase el viento. Pero desde que hemos superado esa etapa, lo único que nos motiva es prohibir, suprimir, en un guiño muy calculado que termina por meter en el mismo saco a cualquiera. Ahora es entrar en Internet y lo primero que te encuentras es la petición de la retirada de algo o de alguien. Desde la peli de Trueba, a Rogue One (como apuntó mi compañero César Rodríguez), a Jorge Javier, a Maluma, o Lo que escondían sus ojos, o Mujeres, hombres y viceversa; GH, Sálvame, el anuncio de lotería, el de la chica que pincha condones de Desigual... Y es que más allá de la opinión particular que cada uno tenga, del gusto o el acierto de los personajes o programas, nos ha entrado un poder castrador y una exigencia que difícilmente podemos aplicarnos a nosotros mismos. Ya no nos llega con criticar ni con expresarnos libremente a la contra. Lo que queremos cuando algo no nos gusta es que nos los quiten de delante cuanto antes y cobijarnos en esa nebulosa red que sin ningún temor prohíbe por prohibir.