Pasan los meses y todo en Podemos y en sus llamadas confluencias recuerda a la política de capillas -enclaustrada, endogámica y oscura- típica de la extrema izquierda en el último franquismo. El discurso de los líderes de Podemos, En Marea o Compromís calca aquella verborrea enloquecida, la de los grupúsculos extremistas pululantes por la geografía nacional (el Movimiento Comunista, la Liga Comunista Revolucionaria, la Organización Revolucionaria de Trabajadores) que discutían sobre el sexo de los ángeles mientras otros (para grupuscolandia, los partidos «revisionistas, vendidos y traidores»: el PCE, primero; y luego, el PSOE) ayudaban, con sentido común y responsabilidad, a sentar la bases de la futura democracia.
Ahora, como entonces, el extremismo izquierdista se pierde en un lenguaje críptico solo apto para iniciados en la cosa, donde las palabras, víctimas de una chiflada logomaquia, acaban por perder cualquier significado; en un debate agotador y sin final sobre organización, pactos y aliados, que se retroalimenta hasta acabar por despegarse completamente de la realidad, puesta al servicio de los partidos y no al revés; en una estética sans-culotte, tan retro, uniforme y religiosamente obligatoria como aquella que quiere denunciarse; y en un radicalismo en las formas que parte de la idea, tan vieja en realidad, de que las formas son lo único importante.
Y todo ello presidido, por supuesto, por la palabra clave -¡proceso!-, convertida en verdadero Deus ex Machina que resume la quintaesencia de un proyecto político tan insolente como huero, tan presuntuoso como autocomplaciente: estamos en un proceso, vamos hacia un proceso, venimos de un proceso, afrontamos un proceso, construimos un proceso. Procesos a gogó: tal es la marca de la casa.
¿Puede tener hoy un partido por seña de identidad fundamental la reivindicación republicana, cuando el debate monarquía/república, antiguo como pocos, ha desaparecido del horizonte de todas las democracias de Occidente? ¿No saben los de la nueva política que las democracias más estables y avanzadas del planeta (Gran Bretaña y los países nórdicos) evolucionaron hacia el parlamentarismo sin haber dejado de ser nunca monarquías? ¿Y qué decir del anticapitalismo? ¡A estas alturas! Cuando las única alternativa de verdad que el capitalismo ha conocido -el llamado socialismo real- ha sido una conjunción endemoniada de autoritarismo político, ineficiencia económica, dirigismo cultural y miseria social realmente sobrecogedora. Queda, en fin, la exigencia del derecho de autodeterminación, gran palanca para convertir a España en un nuevo reino de taifas medieval. ¡Gran modernidad, sin duda alguna!
¿Nueva política? ¡Pero qué va! La más primitiva y antediluviana que pueda imaginarse. Eso es lo que nos ofrece Podemos con toda su procesión de procesos procesados en procesamiento procesal. ¡Eso y dos huevos duros!