A veces, solo a veces, todavía podemos cruzar la puerta del armario. A pesar de que ya no somos niños. A pesar de la falta de tiempo, de las preocupaciones, de las responsabilidades autoimpuestas. A pesar del cinismo, de la incredulidad, del escepticismo. A veces, solo a veces, podemos cruzar el armario. Podemos ver a Aslan. Y durante apenas un minuto, podemos olvidarlo todo. El paro. Los salarios que no alcanzan. El odio al diferente. Las bombas. El terror y el terrorismo. La política y el populismo. El estrés, las dudas, el miedo, las prisas. El consumismo, el afán de aparentar, la crueldad, la indiferencia. Y tantísimo drama.
A veces, solo a veces, podemos entrar en Narnia. Conocer a Caspian. Empuñar la espada junto a un minotauro. Volar a lomos de un grifo y bogar en el Viajero del Alba (o La travesía del Explorador del Amanecer). Que Reepicheep nos demuestre que lo cortés no quita lo valiente. Descubrir que todos tenemos un doctor Cornelius que nos ha contado nuestra verdadera historia. Y que por mucho que Jadis, la despiadada bruja blanca, no se canse de alentar un invierno eterno, la primavera, al final, siempre gana.
A veces, solo a veces, podemos cruzar al otro lado. Buscar a los siete lores, acabar con esa isla malvada. Y antes de despedirnos para siempre del león, pensar por un momento que bendito domingo. De sofá, de peli y de manta.