Se presentó con su inconfundible uniforme verde oliva. Tenía entonces 63 años y estaba en plena forma. Su personalidad arrolladora y su mera presencia, 1,91 de altura en un cuerpo voluminoso, imponían. En mayo de 1990 Fidel Castro nos concedió una entrevista a un grupo reducido de periodistas en Varadero, que se alargó durante una hora y media, más el tiempo que dedicó a departir con nosotros sin micrófonos. El motivo formal era la inauguración del primer hotel con un 50 % de capital español. Aceptó todas las preguntas, incluso las más críticas, las que ningún cubano podía hacerle, en un país cuyos medios de comunicación están al servicio de la dictadura. Recuerdo que torció el gesto cuando le pregunté por la Televisión Martí, la emisora anticastrista recién puesta en marcha con capital estadounidense y que emitía desde Miami hacia Cuba, dejando en evidencia la censura que había en el país. Los norteamericanos acababan de realizar unas inquietantes maniobras navales cerca de la isla. «La invasión de Cuba le costaría a Estados Unidos más que la de Vietnam», nos dijo desafiante, obsesionado por el gigante de al lado, que tantas veces intentó asesinarlo. Algo más de un año después de aquel encuentro se derrumbó la URSS, cuya ayuda era la respiración asistida que mantenía a flote a Cuba.
Volví en 1993. Los cubanos se dedicaban a «resolver», a sobrevivir en la escasez. Hasta hoy. Para entonces, el fracaso del experimento cubano y del comunismo a escala planetaria eran evidentes. La revolución de los barbudos, que tantas expectativas despertó en la izquierda y en muchos intelectuales en los sesenta, devino en pesadilla totalitaria. ¡Y aún hay quienes consideran a Castro un referente!