Escribe León Tolstói, al principio de Ana Karenina: «Todas las familias dichosas se parecen y las desgraciadas lo son cada una a su manera». Con los dictaduras y los dictadores pasa igual: que todas las dictaduras son iguales aunque los dictadores se revisten de ropajes diferentes.
Es ese contraste el que permite explicar la construcción del mito de Fidel, dicho así, sin apellidos. Fidel, el luchador contra el imperialismo («patria o muerte»), valiente enemigo del Tío Sam, que solo con su determinación resistió los ataques del país más poderoso de la tierra. Fidel, el superhombre que, movido por el infinito amor al pueblo, dedicó una vida entera a construir la arcadia feliz de la que disfrutan los cubanos desde hace más de medio siglo: un país con una educación maravillosa y un sistema sanitario que no tienen parangón, donde no hay clases y donde todos, hombro con hombro, trabajan campos y ciudades con una solidaridad que no deja lugar para los gustos burgueses y las ambiciones personales.
Fidel, que ni era presidente ni jefe de Gobierno, sino solo un servidor del pueblo, el comandante de una revolución permanente donde todos participan en pie de igualdad en la adopción de las decisiones colectivas, de las que solo están apartados aquellos que deciden excluirse: los contrarrevolucionarios, que, pagados por los dólares de Washington o Miami, conspiran para destruir la gran obra del pueblo más libre de la tierra. Fidel, en fin, el revolucionario generoso, el caudillo extraordinario, el dirigente omnisciente, el gran padre, gran hermano y gran amigo de su pueblo.
Pese a la naturaleza extravagante e infantil de esa propaganda, el mito de Fidel ha resultado tan potente como para encandilar a millones de personas, que, subyugadas por una absoluta fantasía, han demostrado durante años y años ser incapaces de ver, o de aceptar, la realidad que se esconde detrás de todo ese grotesco teatrillo: una terrible dictadura y una sociedad que, paralizada por un patológico culto a la personalidad, ha soportado decenios de autoritarismo y de miseria. Un país entero sujeto a los caprichos de una casta obsesionada, como en todos las dictaduras, por mantenerse en el poder, que ha perseguido con saña a cualquiera que se ha atrevido a discrepar. Un país empobrecido, que, más allá de otro gran mito (el del bloqueo), no puede comprar porque no puede pagar y en el que la inmensa mayoría de la población lleva décadas soportando racionamientos y escasez. Un país, en fin, convertido en una cárcel para cientos de miles de cubanos, que han tratado de huir del atroz gulag castrista, confundidos, según el gran dictador, por la propaganda imperialista.
Un gulag que, fuera de Cuba, aplauden, ¡todavía hoy!, los que desde la libertad, la seguridad y el confort del Occidente del consumo y el bienestar reniegan del capitalismo y de la democracia burguesa y dicen admirar, con un cinismo obsceno, un régimen político bajo el cual no podrían vivir ni siquiera media hora.