La demagogia es un activo que cotiza cada vez más al alza en la sociedad española. El buenismo y la lectura emocional de la publicidad ha alcanzado un prestigio exponencial en la comunicación televisiva, que unido al sistemático desprecio por el comportamiento colectivo en comunidades alejadas de las grandes poblaciones reduce a niveles casi antropológicos la manera de ver la vida desde los pueblos y las aldeas. Sobrevive el termino de paletos como si las nuevas tecnologías no hubieran llegado a las entrañables pequeñas poblaciones, y no se hubiera unificado desde hace casi una década la cultura de Internet.
Pues bien, tras esta necesaria introducción resulta una afrenta utilizar a una maestra jubilada y residente en un precioso pueblo marinero del norte como eje de la comunicación publicitaria del anuncio de la Lotería Nacional de este año.
No está claro si el impacto recibido al confundir un décimo premiado en las pasadas Navidades con el sorteo actual del 22 de diciembre, es consecuencia de no tener en condiciones óptimas el gobierno de su mente, o una broma o chascarrillo del que es cómplice todo el pueblo como si sufriera un ataque de locura, celebrando con toda la parafernalia de estos actos, champán incluido y cámaras de televisión, la suerte del décimo afortunado.
El hijo de la protagonista, en lugar de desmentir a su madre y señalar la equivocación, es el responsable de movilizar a la pequeña comunidad.
No se puede jugar con los sentimientos de las personas, manipular vilmente el capital de la ilusión de las gentes sencillas, frustrar sus sueños.
Me gustaría que los intérpretes del anuncio, en lugar de ser gentes del común, hubiesen sido, por ejemplo, directivos de compañías del Ibex, a los que en una reunión matinal del 22 de diciembre les comunica un ordenanza que uno de los números jugados en el sorteo y que compraron el grupo de amigos allí reunidos, ha sido premiado con el gordo. Me gustaría contemplar los abrazos de los ejecutivos descorbatados brindando con Moet Chandon, mientras miran de reojo la pantalla de un smartphone que muestra en tiempo real el índice bursátil, mientras un actor contratado señala a la cámara que el premio le viene muy bien «para tapar agujeros».
España ya no se parece a la secuencia retratada en el anuncio de la Lotería, los ciudadanos no se segmentan con el simplismo de rurales o urbanos, ya somos todos iguales, y la Lotería de Navidad es un anhelo común que incluye a la mayoría de españoles. Desde el mes de septiembre veo cómo ante la administración lotera de Doña Manolita, en el centro de Madrid, tres guardas de seguridad regulan la cola de los cientos de personas que esperan cada día poder comprar la lotería. Son los verdaderos protagonistas del anuncio, los que todavía creen, creemos, que los sueños pueden cumplirse. A pesar de la publicidad equivocada de este año.