Cuando supe que el PSE y el PNV iban a cerrar una coalición me alegré, pensando en que de todas las fórmulas parlamentariamente posibles para gobernar el País Vasco tras las últimas autonómicas esa era la menos mala con mucha diferencia. Mi alegría se vio sustituida, sin embargo, por la alarma en cuanto conocí los términos de un pacto por el que los socialistas asumen convertir en centro de la legislatura los principales elementos del discurso nacionalista: que el País Vasco es una nación; que por serlo goza de un llamado derecho a decidir; que el Estado se niega a transferir competencias que pertenecen a los vascos; y que hay que revisar el Estatuto para hacer frente a un supuesto «fuerte impulso centralizador» de los Gobiernos nacionales.
¿No les suena? ¡Pues claro que les suena! Tanto que fue así como empezó el formidable follón que tenemos organizado en Cataluña: con una malhadada propuesta para reformar el Estatuto, que se hizo efectiva después de que un enloquecido PSC se transformase en la quinta columna de las obsesiones medievales y las reivindicaciones reaccionarias de los nacionalistas. Todo lo que vendría luego -un nuevo Estatuto plagado de inconstitucionalidades, la sentencia con la que un timorato Tribunal Constitucional trató de ajustarlo a la ley fundamental, la celebración de un esperpéntico referendo ilegal de autodeterminación y, en fin, el impulso a la secesión mediante una abierta sublevación institucional contra el Estado- habría sido imposible si el PSC no se hubiera echado en brazos de los nacionalistas.
La prueba del nueve de tal desastre es fácil de obtener: el Plan Ibarretxe, de infausta memoria -un proyecto para la secesión impulsado por el PNV con el visto bueno de ETA-Batasuna- acabó en agua de borrajas y con la renuncia del lendakari a la política por la sencillísima razón de que los socialistas estuvieron en contra de ese dislate tanto en el Parlamento vasco como en el nacional. Justo lo contrario de lo que sucedió más tarde con el nuevo Estatuto catalán, que salió adelante con el apoyo del PSC y, ¿cómo olvidarlo?, de un PSOE atado a aquella insensatez de Zapatero de ¡aprobar en las Cortes cualquier reforma estatutaria adoptada por el Parlamento catalán!
Olvidando aquel desvarío de los socialistas catalanes, como si no hubiera sucedido, el PSE de Idoia Mendia, sanchista de pro que por lo visto se siente tan cercana a los nacionalistas como el defenestrado líder del PSOE, ha aceptado tres consejerías en el Gobierno vasco a cambio de permitir al PNV abrir otro frente de conflicto territorial que, unido al ya desbocado en Cataluña, resultaría, de producirse, insoportable para nuestro futuro colectivo. Los socialistas, que tanto hicieron en su día para asentar una España moderna, unida y solidaria, parecen ahora dispuestos a suicidarse y a llevarse de paso por delante con su política desquiciada la mejor España que con tanto trabajo hemos construido en los dos últimos siglos.