Terror. El que pasa una niña de 11 años a la que un hombre persigue para enseñarle sus genitales. Vergüenza. La que pasa una niña de nueve años cuando dos hombres le gritan cosas por la calle. Asco. La sensación que se le queda a una joven de 18 años cuando un hombre se masturba delante de ella y de su amiga. Pánico. El que pasa una chiquilla de 15 años a la que un hombre mayor llama por teléfono durante semanas para decirle que la va a violar. Impotencia. El sentimiento que se instala en una mujer a la que en su primera entrevista de trabajo le preguntan si tiene pensado tener hijos. Enfado. El de las mujeres que cobraban menos en unas prácticas por el mero hecho de no ser hombres. Pena. La que brota de una madre cuando tiene que empezar a inculcar a su hija la cultura del miedo. No vuelvas sola. No entres en el ascensor con un desconocido. Apura el paso, mira al suelo ante un grupo de machitos que se divierte gritándote barrabasadas. Si tienes miedo, colócate las llaves entre los dedos de la mano. Improvisa ese puño americano. Aunque increíble, la etiqueta de Twitter #PrimAcoso no es ficción. Son los relatos de decenas de mujeres sobre esa primera bofetada que les dio el machismo. Todas tenemos uno. Un primer acoso. Un instante de terror. De asco. De impotencia. De pánico. De enfado. De pena. La vergüenza de una sociedad en apenas 140 caracteres. Hay que contarlo. Para evitar que se repita.