Brillantes y luceros

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

19 nov 2016 . Actualizado a las 10:15 h.

Hasta el miércoles pensaba que el mayor elogio que se le podía hacer a un escritor consistía en citar un verso suyo, una frase verdadera, anteponiéndole un «como dijo aquel» o «como dijo el otro» o cualquier expresión parecida en la que se omita el nombre del autor. Me parece recordar que Manolo Rivas, por ejemplo, manifestó alguna vez esa aspiración: que se recuerde una sola frase suya y se incorpore al habla de la gente como cultura común, fruto de un ingenio anónimo. Me sigue gustando mucho esa idea, pero el miércoles escuché un elogio de Miguel- Anxo Murado que me encandiló casi tanto o más.

No lo escuché yo, sino Ana Pastor, que se lo apropió en una de las muchas improvisaciones que hizo sobre el discurso que había preparado para la entrega del Premio Fernández Latorre. La presidenta del Congreso oyó que alguien, después de la intervención de Murado, había dicho de él: «Parece que no dice nada y lo dice todo». Me parece imposible encontrar definición mejor de la brillantez en el dominio de la palabra: levedad en la forma, contundencia y claridad en el contenido.

Tanto la idea de Manolo Rivas como la de Murado apuntan a la misma palabra: humildad. El verdadero escritor no escribe para que le admiren ni le vitoreen, sino para ayudar en la medida de sus posibilidades, para proyectar algo de luz por poca que sea o, al menos, para evitar que el mundo se oscurezca con cielos empedrados de brillantes muy vistosos, piedras al fin y al cabo, que no dan luz, que se limitan a reflejar la que haya, pero distorsionada y teñida por quienes las tallaron para reflejar sus colores. Sin luceros, los brillantes ni siquiera se quedan en carbón: no sirven ni para un fuego.

@pacosanchez