O el PP ayuda al PSOE o estamos aviados

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Con muy malos augurios se abrió ayer solemnemente la duodécima legislatura de las Cortes Generales, que, si hemos de guiarnos por lo visto hasta el momento, podría durar menos que un caramelo a la puerta de un colegio.

De ser así, y aunque debamos confiar todavía en que la presente situación termine de un modo u otro enderezándose, los españoles podríamos vernos abocados (ahuecados, decía un munícipe compostelano de gran creatividad) a votar antes o a la vuelta del próximo verano, lo que, sin duda, significaría un fracaso formidable que llenaría al país, ¡y entonces ya irían tres!, de rabia y frustración.

El que eso ocurra, o no, está en grandísima medida en manos del PSOE, de quien, para su desgracia, depende nuevamente el futuro de la política nacional. Y digo para su desgracia pues nadie con dos dedos de frente podría envidiar la terrible situación en que hoy, por la mala cabeza de su ex secretario general, se encuentran los socialistas españoles: persuadidos de que la única forma de hacerse perdonar la abstención frente a Rajoy es actuar contra él con la máxima dureza; conscientes, sin embargo, de que asediarlo parlamentariamente conduciría a la fuerza a unas elecciones inmediatas que serían para ellos desastrosas; y convencidos, al mismo tiempo, de que o acosan a Rajoy o cederán a Podemos el liderazgo de la oposición y quizá, tras ello, el liderazgo de la izquierda en elecciones. Sí, es casi imposible de entender cómo ha podido el PSOE meterse en tal atolladero.

De que pueda salir de él depende, a corto plazo, que la legislatura que ayer se abrió tenga alguna posibilidad o acabe en un fiasco. Pero depende también algo que podría condicionar mucho más aún nuestro futuro colectivo: que la hegemonía de la izquierda esté en manos de un partido socialdemócrata equiparable a los que de ese tipo existen en Europa (el SPD alemán, el Partido Laboralista británico o el PSF francés) o de un partido populista, imprevisible e irresponsable, que es pintoresco en la oposición pero que resultaría desastroso en el Gobierno.

Por eso, aunque sea sorprendente dicho así, el PP debe ayudar al PSOE, evitando colocarlo en situaciones imposibles para él. Por ejemplo: pidiéndole que apoye para presidir una de las comisiones más importantes del Congreso a un ex ministro del Interior reprobado por la mayoría de la cámara.

Consciente de que Jorge Fernández Díaz estaba literalmente achicharrado, Rajoy prescindió de él como ministro. Pretender colocarlo, como premio de consolación, en la presidencia de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso constituye un ejemplo paradigmático de los comportamientos que incomodan a la inmensa mayoría de los electores, incluidos muchos del PP. Esperar el apoyo del PSOE a tal dislate es un ejemplo de lo que el Gobierno no debe hacer si quiere evitar que los socialistas no tengan otra posibilidad que echarse en manos de Podemos.