¡No miremos a Trump! ¡Fijémonos en Hillary!

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Expresé anteayer, en un interesantísimo debate celebrado en Vía V, algunos juicios sobre la dimensión real de la pasmosa victoria electoral de Donald Trump. Para mi satisfacción, varios de ellos coincidían con los expresados ayer por Miguel Anxo Murado en un gran artículo publicado en estas páginas (Ante todo, calma, esto no es el fin del mundo). Para mi satisfacción porque tengo la de Murado por una de las voces más originales, informadas y sensatas que sobre asuntos internacionales pueden leerse en los diarios españoles.

A mí, como a millones de europeos (y, por cierto, de norteamericanos), me ha disgustado mucho que Trump haya ganado y que vaya a convertirse en presidente de la nación más poderosa de la Tierra. Pero ese disgusto ni me lleva a pensar que el país que ha dado a Trump la victoria sea peor que el que se la dio a Obama hace tan solo cuatro años, ni a sacar de quicio un éxito que se explica en gran medida por circunstancias también presentes en varios países europeos. Vamos a ello.

Hillary Clinton perdió respecto al Obama del 2012 solo seis estados (Iowa, Wisconsin, Ohio, Míchigan, Florida y Pensilvania), cuatro de ellos por ¡un punto! de voto popular. Pues bien, hubiera bastado con que Hillary ganase en Wisconsin y Florida (entre otras combinaciones posibles) para obtener los 38 votos electorales que le habrían dado la victoria. ¿Y cuántos sufragios populares hubiera necesitado para ello? Pues algo menos de 150.000, sufragios con los que, en un país de 325 millones de habitantes, todo habría cambiado y nadie estaría ahora diciendo que el mundo está al borde del abismo.

La victoria de Trump es, creo, muy mala, sobre todo para los estadounidenses, pues su margen de maniobra para hacer barrabasadas será en política interior, aunque limitado por el sistema de equilibrios de una sociedad compleja, mayor que en política exterior. Pero no ha ganado porque sus compatriotas sean de pronto, como él, racistas, machistas y xenófobos sino, en gran medida, por las mismas razones por las que han irrumpido en Europa fuerzas de extrema derecha y extrema izquierda con una potencia inusitada: por un hartazgo con la clase política tradicional y los partidos en que aquella se organiza.

Hillary Clinton, que encarna a la perfección ese mundo político distante y profesionalizado, ha perdido frente a quien, como muchos representantes de la llamada nueva política en Europa, ha hecho su larga campaña a caballo de la antipolítica frente a «la casta».

Por eso, lo que exigen las circunstancias no es poner a caldo a quienes, en uso de su derecho al voto libre, le han dado la victoria a Donald Trump, sino preguntarse en serio de una vez qué hemos hecho mal para que fuerzas y candidatos extremistas tengan ese asombroso atractivo electoral; y qué tenemos que cambiar para evitar que un nuevo populismo, radical y demagógico, se adueñe de la política de los pocos Estados verdaderamente democráticos que existen en el mundo.