El único sabor que le faltaba a Masterchef era el gusto del famoso y lo ha incorporado a sus platos con acierto. Como viene siendo habitual en todos los espacios que apuntan a los niños, por un lado, y a las celebs por otro, el éxito está garantizado, siempre y cuando el cásting no falle. Y en Masterchef han dado en el clavo con la incorporación de un grupo heterogéneo capaz de darle el punto de sal y el picante necesario a la cocina con toda la intensidad de sus personalidades. Porque si algo ha cuajado en los fogones a lo largo de su reciente historia son los enfrentamientos y las debilidades delante del jurado, que ha vuelto a demostrar que es una de las patas imprescindibles del show. La severidad impuesta en el momento de la evaluación por Jordi, Pepe y Samantha causa pavor en los famosos, sin que a ninguno de los tres les tiemble la mano. Ese juego de tensiones anima desde luego al público, ávido sobre todo de contemplar cómo en lo cotidiano de la vitrocerámica las celebrities se retuercen con complicación. Solo hay que ver a la siempre impecable Cayetana Guillén Cuervo quien, consumida por un bogavante, acabó desmelenada, sucia y llena de tiritas tras la primera prueba en plató. Una imagen alejadísima de la perfección impuesta que manifiesta habitualmente y con la que es difícil no empatizar si se tiene un poco de compasión. Una pizca más de este ingrediente y la audiencia se relamerá encantada.