¿Y por qué elige un presidente a sus ministros?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Gran parte de los análisis que sobre la composición del nuevo Gobierno se hacen hoy en radios, televisiones y periódicos se centran en una cuestión que resulta bastante inaccesible: la renovación o continuidad del Ejecutivo recién nombrado respecto al precedente. Y digo bastante inaccesible por dos razones esenciales: primero, porque en ningún sitio está escrito que el mismo ministro que actuaba en una legislatura de una forma no pueda hacerlo en otra de un modo muy distinto, para bien o para mal; y, segunda, porque no es necesario estar muy informado sobre cómo funcionan los Gobiernos para saber que las líneas esenciales de su política las marca el presidente y quienes en él tienen influencia.

Esas son las razones por las que no me detendré en el tema estrella de la mayor o menor renovación del nuevo Gobierno de Rajoy, cuestión sobre la que lo más juicioso es afirmar que ya veremos. Wait and see (esperar y ver) como, con su prudencia habitual, dicen los británicos.

Más interés tiene, a mi juicio, constatar que el presidente del Gobierno ha confirmado una vez más, por si hiciera alguna falta, que no hace, lo que ya es de todos conocido: que uno de los mayores arcanos de la política consiste en saber cuáles son las razones por las que alguien es nombrado titular de un ministerio. ¿Por sus destacados conocimientos en la materia que le toca? ¿Por su experiencia política notable? ¿Por su cercanía al presidente? No, con carácter general, aunque haya, sin duda, ejemplos para incluir en cada uno de esos grupos.

Ejemplos que no sirven, sin embargo, para fijar categorías, de modo que puede afirmarse sin temor a equivocarse que ser nombrado ministro tiene mucho de lotería, lo que contribuye a explicar, en no pequeña medida, que, demasiadas veces, se sienten en el Consejo de Ministros agraciados con el cargo que no saben nada de su respectivo negociado, o no tienen experiencia política alguna o la más mínima cercanía al presidente. Lo primero y lo segundo ayuda a entender los graves errores de gestión de muchísimos ministros, que, al desconocerlo todo del área que les ha tocado en suerte, quedan en manos de sus asesores, que pueden ser unos diletantes o unos pillos. Lo último -el desconocimiento que el que nombra tiene con frecuencia del nombrado- permite comprender que los presidentes se encuentren una y otra vez con ministros que llegan a sus puestos con las manos menos limpias de lo que es exigible en un puesto de esa envergadura.

Pero contra todo lo que enseña la lógica más elemental (que hay que corregir el rumbo de la nave cuando se puede embarrancar), los presidentes del Gobierno se dejan llevar por esa indolencia llamativa que les conduce a otorgar ministerios con la misma alegría con que los Reyes Magos reparten caramelos. Olvidando, claro está, que lo que los ministros hagan bien será mérito de ellos y lo que hagan mal demérito de quien los ha nombrado.