Sánchez es fiel a sí mismo hasta el final

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Poco después de que Pedro Sánchez anunciase que dejaba su escaño en el Congreso, algunos de los diputados socialistas que, por fidelidad hacia él, habían decidido romper la disciplina parlamentaria de su grupo y votar no, destacaban la supuesta grandeza del defenestrado secretario general, por haber preferido marcharse a abstenerse ante Rajoy.

Tal percepción de la realidad resultaba, sin embargo, un verdadero trampantojo. Un trampantojo, sí, porque la grandeza la hubiera demostrado Sánchez siendo fiel a aquellos que había embarcado en su guerra del «no es no» y votando con ellos en la sesión final de investidura, lo que le hubiera obligado, claro está, a decir adiós a la política y ponerse a buscar un puesto de trabajo. Pero Sánchez quería seguir a toda costa y por ello su renuncia al escaño, lejos de cualquier grandeza personal, perseguía en realidad un objetivo tan egoísta como él mismo: lanzar su campaña para recuperar la secretaría general, lo que le impedía abstenerse, pero también romper la disciplina del partido del que aspira a volver a ser número uno. Y para conseguir ese objetivo no le importó a Sánchez dejar abandonados a su suerte y, para decirlo claro y pronto, con el culo al aire, a los 15 diputados que habían decidido fiarse de quien ha probado sobradamente no merecer tal confianza.

Como no le ha importado a Sánchez subirse en el caballo de la «nación de naciones» y de la adulación al partido que insulta al suyo brutalmente con tal de construirse una base política desde la que oponerse a la actual dirección provisional de los socialistas españoles. Y así, el mismo Sánchez que hace menos de año y medio presentó ante una inmensa bandera de España su candidatura a la Moncloa es el que hoy afirma, de buenas a primeras, que Cataluña y el País Vasco son naciones. Y el mismo Sánchez que, tras su debacle de diciembre del 2015, ponía a caldo el partido de Iglesias durante la campaña para las elecciones de junio de este año, es el que ahora se humilla ante Podemos, pidiendo disculpas por haberlo considerado lo que es a todos luces: un partido populista.

Sí, en efecto: resulta muy difícil encontrar un caso de más desvergonzado oportunismo y de irresponsabilidad tan absoluta. Sánchez está dispuesto a llevar a su partido a la escisión con tal de asegurarse una oportunidad de volver a la secretaría general. Ni le importa España, ni el PSOE, ni quienes se han embarcado con él en la suicida aventura del «no es no», a quienes volverá a dejar tirados si ello le conviene.

Hay algo, en todo caso, que no se le puede negar al ex dirigente socialista: la coherencia. Toda la ejecutoria de Sánchez desde su llegada a la secretaría general ha estado movida por un único impulso personal: su patológica ambición, ante la que ha cedido todo lo demás. Y en eso, sin duda alguna, Sánchez se ha mantenido fiel a sí mismo hasta el final.