Hay en esa inocente derrota de Pedro Sánchez un poco de cuento y mucho de fábula. Como aquella del otro Pedro, el pastor, que cuando gritó, gritó y gritó que venía el lobo nadie le creyó. Y no porque no fuese verdad su relato y el lobo no tuviera intención de atacarlo, sino por el hartazgo del engaño repetido. Al socialista le ha pasado lo mismo y se lo ha confesado a Évole como un novio despechado que descubre que le han puesto los cuernos. Y bien puestos. Sánchez ha cambiado los corderos, eso sí, y solo es capaz de ver a su alrededor lobos: Susana Díaz, Alierta, Prisa, Rajoy, Felipe, la gestora, Hernando, el comité... No le ha quedado nadie a quien culpar de una batalla que, por las vergonzosas estratagemas internas, sin lugar a dudas ha perdido. Por eso si se aplica el «no es no» de su eslogan a fuego, yo de él no cogería el coche para empezar de nuevo. Cuando a uno lo matan, Pedro, te guste o no, estás muerto.