François Mitterrand se convirtió en el primer presidente socialista de la V República francesa con un eslogan de campaña electoral que era un auténtico prodigio de eficacia, concisión y sencillez: «La force tranquille».
Recordé este jueves ese lema formidable (¡la fuerza tranquila!) mientras seguía por televisión el desarrollo de la segunda sesión de investidura, en la que el candidato a presidente del Gobierno fue manteniendo sucesivos duelos dialécticos con los portavoces de los diferentes grupos parlamentarios del Congreso. En todos ellos pudimos ver a un impertérrito Rajoy al que no lograron alterar ni la irritante esquizofrenia de Antonio Hernando, ni el tono soberbio y faltón de Pablo Iglesias, ni el discurso jactancioso de un Albert Rivera cada día más encantado de haberse conocido, ni la insólita autocomplacencia del Alberto Garzón que ha ejecutado a su partido, ni las baladronadas de matón de Joan Tardá.
Hay gente -bastante entre periodistas y políticos- que juzga la imperturbabilidad del presidente del Gobierno (que a partir de hoy mismo dejará de serlo ya en funciones) como un prueba de ese tancredismo que se le achaca con frecuencia, cuando no de pura y simple estolidez. Los que así piensan se mantienen en sus trece pese a un hecho que a cualquiera que no mire la realidad con anteojeras debería provocarle alguna duda cuando menos: que Rajoy lleva más de veinte años en el primer plano de la política española, tras haber sido ministro cuatro veces, una vicepresidente del Gobierno y presidente desde el año 2011, además de diputado durante las tres últimas décadas.
No está nada mal para ser un Don Tancredo, sobre todo si a esa insólita capacidad de resistencia se le añade el hecho de que Rajoy ha laminado a todos sus competidores en el interior del Partido Popular y repite presidencia del Gobierno con sus principales adversarios metidos en un arrancamoños de todos contra todos: el PSOE hecho trizas y en una batalla a muerte con Podemos -que, a su vez, está partido en dos entre errejonistas y pablistas- y Ciudadanos fuera de plano y sin discurso.
Es verdad, claro, que Rajoy se verá obligado desde hoy a gobernar en minoría, porque, aunque logre mantener el sostén de Ciudadanos, tendrá enfrente una barrera de 180 diputados. Pero incluso esa circunstancia debe ser ubicada en su contexto, pues el presidente dispondrá, a partir de ahora, de un arma poderosísima -la facultad de disolver las Cortes y convocar elecciones generales- que hará que quienes no quieran verse de inmediato ante las urnas se lo piensen dos veces antes de optar por bloquear la gobernabilidad.
Pese a todo, no me cabe duda alguna de que serán legión los que sigan convencidos de que Rajoy es un flojo, un pusilánime cuyos éxitos se deben sencillamente a su innata capacidad de no hacer nada. Y es que España, queridos lectores, es así.