Epitafio

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

29 oct 2016 . Actualizado a las 09:59 h.

Iba a titular este articulo Requiéscat in pace, que en latín, como bien saben ustedes, quiere decir «descanse en paz», RIP, en las siglas más conocidas de la cristiandad, que están grabadas en la mayoría de las estelas funerarias de Occidente, que son como una marca, un icono gráfico asumido, de la muerte.

Pero he decidido convertir esta colaboración anual en un epitafio colectivo, en un recuerdo piadoso para quienes ya no están. Para todos aquellos que con una mochila cargada de ilusiones mozas han encontrado su tumba en el mar cuando estaban a punto de alcanzar el sueño europeo, y ahora yacen en una fosa común en las costas griegas, italianas o españolas, con el Mediterráneo como sepultura.

Son los cerca de cuatro mil muertos innominados que este año perdieron la vida al naufragar las barcazas de la muerte, que la codicia de los traficantes de personas fleta para transportar cadáveres vivientes que solo la solidaridad de los países europeos intenta rescatar con mayor o menor fortuna, para recluirlos en centros de acogida, muchas veces con billete de vuelta, o para sepultarlos cuando la mar devuelve sus cuerpos a las playas del litoral.

Ellos son nuestros muertos, también son nuestros muertos, y el dolor abstracto que sentimos mientras vemos la noticia cotidiana en el telediario, la convertimos en rabia, y nos vamos acostumbrando paulatinamente a sumar por centenares la cuenta que no cesa de una impotencia evitable. Yo rindo mi homenaje de cada noviembre a mis entrañables difuntos, a mis amigos ausentes, a mis familiares queridos que ya habitan al otro lado de la vida, y recuerdo sus afectos y sus enseñanzas y nadie puede reemplazar su recuerdo en un luto perpetuo en el que no cabe el olvido.

Y añado a los muertos que viven en mi memoria, a todos aquellos que se quedaron perdidos en el camino de la vida, los que yacen en una trinchera bélica o en una cuneta civil, los difuntos a los que les dedico una oración y para los que pido a Dios que les dé el descanso eterno.

Y mientras escribo, miro de soslayo a quienes cuestionan desde la jerarquía eclesiástica que está mal visto que se avienten las cenizas de los muertos y que interpreten una lectura panteísta del último destino. Los muertos, dice la reciente doctrina neo oficial, en el cementerio; y añado que el alma no se incinera, que pervive, que vence el fuego terrenal, y que solo el cuerpo se consume, y yo declaro que me gustaría que mis restos incinerados se sembraran como el trigo y brotara una espiga, o fuera un árbol, o que el viento me convirtiera en remolino y jugara con la brisa, en una tarde luminosa.

Y mientras, desde aquí, envío un abrazo de papel a todos aquellos que ya son luz y alba atardecida, para los que pido solemnemente que tengan, que alcancen el descanso merecido.

Mi epitafio para ellos es no olvidarlos.