Día de difuntos

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

29 oct 2016 . Actualizado a las 10:01 h.

Veinte años después de nuestra muerte apenas nos recordarán un puñado de familiares: los que nos hayan sobrevivido. Y muy poco después, nadie. A tanto llega la fragilidad humana. Vivimos ignorándolo porque, en el fondo, no queremos saberlo. Aspiramos a ser y, además, a ser siempre. Por eso intentamos esconder la muerte, borrarla de nuestra vista y de nuestras vidas. También por eso, en Internet aparecen cientos de noticias que prometen la inmortalidad para dentro de poco. Noticias que nadie cree, pero que casi todos querríamos creer. Sin embargo, seguimos muriendo; algo más tarde de media, eso sí. Y seguimos olvidando, sin querer morirnos ni olvidar.

Olvidamos, sobre todo, que moriremos. Séneca nos reñía hace siglos por eso: «Vivís como si la vida tuviera que durar siempre; nunca se os ocurre pensar en vuestra caducidad. Como mortales lo teméis todo, pero todo lo deseáis como si hubierais de ser inmortales». Porque la certeza de morir nos angustia. A quien no espera nada después, le angustia mucho más, precisamente, porque espera el no ser, tan contrario a nuestra naturaleza y aspiraciones. De ahí que tenga tanto sentido y tanta respuesta en el corazón de las personas el Día de difuntos, que representa de algún modo la resistencia colectiva al olvido.

De ahí también que la Iglesia haya incluido «enterrar a los muertos» entre las obras de misericordia: porque es una manifestación de respeto por la dignidad del cuerpo humano, que se mantiene después de la muerte. Y que pida que los restos permanezcan en lugar sagrado, porque así la comunidad cristiana podrá seguir recordándonos entonces, cuando ya nadie nos recuerde. Una visión de belleza y ternura innegables.

@pacosanchez