Traer un móvil de China, plantarle una bellota detrás y tapar con pegatinas el nombre del verdadero fabricante es algo que solo puede ocurrir en España. Eso, y vendérselo a un Gobierno autonómico como «el primer smartphone made in Extremadura». Estamos en el país que inventó la novela picaresca y ya nada nos debe extrañar. En el fondo, el problema de Zetta fue elegir como «proveedor» una marca consolidada y popular como Xiaomi, que no tiene tiendas físicas en España pero cuyos productos están ya al alcance de todo el mundo a través de páginas como Amazon. Si estos chicos se hubiesen limitado a encargar los terminales a un fabricante asiático desconocido y después le hubiesen añadido una mínima capa de personalización de software, estaríamos hablando de una película diferente. Que luego puede acabar en fracaso como la gallega Blusens, o en una historia de éxito como la madrileña BQ, pero dejémoslo claro: cuándo una firma española afirma que diseña smartphones lo que hace es elegir los componentes del teléfono del catálogo de una tecnológica china. Compañías como Transsion, TCL, Fortuneship o ICCO, uno de los principales socios de BQ. Y luego ya puede decir que tiene un departamento de I+D, hablar del «ensamblado» y otras técnicas de márketing. Hasta la todopoderosa Apple depende de numerosos proveedores, algunos de los cuales son sus propios competidores: Intel, Qualcomm, Sony, NEC, Samsung, Sanyo, Nvidia, Western Digital, Sandisk, Seagate, Toshiba, Panasonic, TDK, Texas Instruments, Sharp, Infineon, Hitachi, LG... Fue precisamente la compañía de la manzana la que acuñó el eslogan «Designed by Apple in California. Assembled in China». Pero Steve Jobs no nació en Almendralejo.