La brutal agresión a dos guardias civiles y sus novias en Alsasua es el incidente de violencia más grave desde que ETA abandonó las armas hace ahora cinco años. No es solo que haya fracturado la convivencia, como dijo la presidenta navarra, Uxúe Barkos. Es que el ambiente y los acontecimientos que rodearon el suceso lo agravan todavía más.
Desde el punto de vista social, rompen una racha de tranquilidad cívica muy celebrada, porque los amenazados ya podían salir a la calle sin escoltas y sin miedo al tiro en la nuca o a la bomba lapa en su coche.
Desde el punto de vista de la paz asentada en el respeto a los demás, muestran la vigencia del odio a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a los que siguen considerando autores de represiones y torturas.
Desde el punto de vista de la pérdida del miedo, asombra la supervivencia de una ley del silencio que hace que nadie haya visto la agresión, nadie tenga nada que decir e ignoramos si esta omertá es fruto de la simpatía con los agresores, de complicidad con ese ataque concreto o del miedo a ser identificados como colaboradores de «los españoles».
Y desde la perspectiva política, el partido Sortu, que aspira a gobernar el País Vasco y Navarra, y tiene organizaciones delegadas para reclamar la expulsión de la Guardia Civil, sigue el mismo estilo que su antecesora Batasuna, brazo político de ETA: justifica los ataques de sus afiliados o simpatizantes con el método irracional, también criminal, de hacer culpables a los agredidos, como antes hacía culpables a los asesinados y considera invasores «de su espacio» a unos servidores públicos cuyo desafío consistía en tomar una copa en un bar. «Molestáis por el hecho de existir», les dijeron, en una evidente confesión de deseo de hacerles desaparecer físicamente.
Estas son, a mi juicio, las lecciones de este suceso, que no me atrevo a calificar como atentado, pero lo es, aunque no haya sido planificado ni efectuado por un comando. ¿Y qué significa para el futuro? Significa que todavía queda mucha ETA residual, mucha cultura etarra, con las mismas filias y con las mismas fobias que cuando la banda terrorista asesinaba.
Se derrotó a los que empuñaban las pistolas y accionaban las bombas, pero siguen ahí quienes les amparaban y se negaban a condenar sus crímenes. Sus organizaciones sociales y políticas ya no se atreven a defender la lucha armada, pero están al lado de quien practica la violencia, si es contra agentes del Estado español. ¿Y esa tropa puede llegar a gobernar en Euskadi y en Navarra? Dios nos libre, pero puede. De hecho, ahora mismo son la segunda fuerza política en el Parlamento vasco. Y lo malo, lo inquietante, es que aún tienen mucho público detrás.