Que se muera

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

OPINIÓN

Dijo una vez un sabio, un sabio muy sabio, que solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Lo primero todavía no se ha demostrado. De lo segundo hay abundantes pruebas en las redes sociales y su expansión, como la del universo, avanza. A diario. Un ejemplo. Ahí estaba Aizpea la semana pasada, dándose un paseo por los mundos binarios, cuando se topó de bruces con Adrián.

Ocho años. Enfermo de sarcoma de Ewing. Quiere ser torero. Y conoció a sus ídolos en Valencia en una corrida benéfica cuya recaudación estaba destinada a la Fundación de Oncohematología Infantil. Qué se puede decir. Indignante. Impresentable. Cruel. Abyecto. Abominable. Sádico. Infame. Repugnante. Despiadado. Insoportable. Atroz. Inhumano. Brutal. Perverso. Y sobre todo, desalmado.

Adjetivos que no, no se aplican a un niño que quiere ser torero, sino a quien, en una increíble carambola de la también infinita contradicción humana, es capaz de desearle la muerte a un pequeño de ocho años de edad gravemente enfermo a la vez que se autoproclama firme defensora de la vida.

De la de los animales. De la de los toros, concretamente. Una causa noble, respetable. Pero ahí estaba, en el perfil de Facebook de Aizpea, la estupidez humana. Infinita. Insondable. Inagotable. Perenne. «Que se muera», escribió. Tres palabras dignas de las estocadas que dice aborrecer. La estupidez humana. Ilimitada. Dolorosa. Cruel.