Mientras el barullo continúa ahí fuera, el Hubble nos muestra la agonía en diferido de un sol como el nuestro. Hay tanta poesía en el cosmos que una narración lineal del acontecimiento suena como un verso de Borges (he cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz). La estrella está sucumbiendo poco a poco, desprendiéndose del capullo de gas que protege el núcleo. Un estriptís letal con destellos de luz ultravioleta que acompañan a esta enana blanca en su despedida. En cinco mil millones de años, nuestro Sol de mediana edad entrará en un tránsito definitivo similar. Mucho antes, habrá engordado hasta hacernos la vida imposible, en una sinfonía decadente e imparable que nos conducirá a todos a la nada. El día que el Sol se queme se convertirá en una nebulosa planetaria y nos convertirá a todos en pasado.
Si es de los que sigue creyendo que hay que votar, hoy, cuando vea volar su papeleta por la atmósfera escueta de la urna, el Hubble estará registrando una actividad insolente y desconcertante en Europa. La luna de Júpiter será la estrella de un anuncio importante que mañana realizará la NASA. Mientras se recuentan los votos y quizás se pregunte en qué va a cambiar su vida después de hoy, puede que un océano de agua esté fluyendo bajo la superficie de este objeto celeste descubierto por Galileo. Del agua que acuna la vida.
Cuando se acueste, alborozado o deprimido, quizás sepamos ya que hay vida más allá de Orión. NGC 2440, esa nebulosa que antes fue como un Sol, seguirá firme en su determinación de morirse. Una sonda lanzada desde la Tierra seguirá avanzando hacia el asteroide Bennu para localizar en su superficie los precursores moleculares de la vida y evitar que en 120 años este bólido sideral despedace nuestro mundo.
Puede que aquí nos demos demasiada importancia.