Para contemplar en Gran Bretaña las joyas de la Corona uno debe acudir a la Torre de Londres, lugar donde se custodia una fastuosa colección de coronas reales, cetros, espadas y otras piezas de valor artístico, económico e histórico realmente impresionante, entre ellas la corona de la reina Isabel, que lleva incrustado el famoso diamante KohiNoor.
Para contemplar en España nuestra joya de la Corona es suficiente con acudir a un hospital de la red pública. Yo tuve que hacerlo hace nada, tras contraer una infección, lo que me obligó a pasar siete días y seis noches en el Hospital Clínico Universitario de Santiago. Aunque no era la primera vez que convivía con la densa y compleja realidad de un gran centro sanitario, lo hice en esta ocasión no como acompañante de un enfermo, amigo o familiar, sino como paciente, lo que me permitió vivir una experiencia, breve pero intensa, que, por sentido de la justicia y, no lo negaré, de gratitud, creo debo compartir con los lectores. Y ello porque durante el tiempo de mi internamiento hospitalario -una situación, por definición, poco agradable y muchas veces angustiosa- pude constatar de primera mano y sin ningún genero de dudas algo que -digamos teóricamente- ya sabía: que disfrutamos en nuestro país de una sanidad pública de calidad verdaderamente excepcional, tanto por gran altura y eficacia de la asistencia médico-sanitaria que se presta a los pacientes como por el maravilloso trato humano que los mismos reciben de parte de todo el personal hospitalario.
Como mi intención con este artículo no es entrar en polémica con nadie, adelantaré que soy muy consciente de que existen listas de espera que deben recortarse con urgencia, que parte del personal sanitario sufre una situación laboral intolerable (¡contratos por semanas y aun por días!) -situación esa que me parece aun más sangrante después de comprobar en carne propia la altísima profesionalidad del referido personal- y que el sistema del que se benefician los pacientes es posible en gran medida por la situación salarial manifiestamente mejorable de todos los trabajadores que tienen en sus manos nuestra salud, elemento esencial de la calidad de nuestra vida.
Pero como todo ello es conocido y en todo ello se insiste una y otra vez cuando se habla del sistema sanitario, yo deseo hoy referirme a él para ensalzar sus muchísimas virtudes, que se desdoblan en los dos campos ya citados: los pacientes reciben, por un lado, una asistencia médico-sanitaria que está sin duda entre las mejores del planeta, lo que ayuda a explicar en no pequeña medida que los españoles figuremos en los puestos de cabeza en el listado de esperanza de vida en todo el mundo, según los datos de la Organización Mundial de la Salud para el año 2015.
Sí, una asistencia médico-sanitaria de altísima calidad -que no cesa al salir del hospital, dada la existencia de una excelente red de unidades de Hospitalización Domiciliaria, servida por un personal muy preparado y dedicado a su trabajo-, a la que se une un trato humano destinado no solo a dar todo el apoyo necesario a la mejora de la salud de los pacientes, sino a hacer más llevadero para ellos un trance que siempre resulta malo, en algunas ocasiones muy malo, de pasar. Yo soy testigo, como lo han sido antes que yo todos los que me han hablado con mucha satisfacción de su paso como pacientes por nuestros hospitales, de las magníficas condiciones de higiene y de limpieza, de la gran calidad de la comida, del profundo cariño y la paciencia infinita de ATS y auxiliares y, en fin, de que los trabajadores de nuestra sanidad son, de los pies a la cabeza, la columna vertebral de un sistema del que todos deberíamos sentirnos orgullosos.
Por un elemental sentido de la justicia necesitaba hacer pública esta percepción. Pues destacar, que pese a sus problemas -que los tiene, como cualquier obra humana- la altísima calidad del sistema sanitario español y la gran profesionalidad de todos los hombres y mujeres que la garantizan con su admirable dedicación es, a mi juicio, un simple acto de justicia.