El secreto de la City

Luis Ordóñez
Luis Ordóñez NO PARA CUALQUIERA

OPINIÓN

18 sep 2016 . Actualizado a las 09:42 h.

Una de las milongas más jocosas de este año es la supuesta competición de diversas capitales europeas, a la que se ha apuntado Madrid, para tratar de atraer a las sedes de bancos y corporaciones de Londres toda vez que, tras el resultado del referéndum del Brexit, nos aseguran que tendrán que buscar un nuevo acomodo para seguir operando en el mercado común continental. No es que yo crea que la UE vaya a tender a ponerle las cosas fáciles a las empresas británicas por temor a perder unas preciosas relaciones comerciales (y ya veremos, aunque es una cuestión más geoestratégica que de otro calado. En Alemania, asesores de la CDU apuestan por facilitar el acuerdo con el Reino Unido para que el eje de decisiones no se desplace a una futura alianza de París y Roma. España no está ni se le espera); sino que la City londinense tiene algo que nadie más tiene y es la misma City.

La City no es sólo la traducción de ciudad en inglés, tampoco es el casco histórico de la metrópoli (que además es muy difuso). La City es algo que jamás podrá tener Madrid, ni París, ni Frankfurt. No podrán porque se trata de un reducto medieval enclavado en una urbe contemporánea y es de sus cualidades feudales de donde extráe todas sus ventajas. The City of London Corporation, que es el nombre completo y lo describe todo muy bien, es un municipio propio, con un sistema electoral único en el que quienes tienen derecho a sufragio no son sólo residentes sino mayormente representantes de los negocios que tienen allí su ubicación. Desde el año 2002 incluso se ha incrementado el peso del voto de las corporaciones, de manera que se pondera por el número de empleados. Sí, como suena, Las empresas con un número de trabajadores entre diez y 50 tienen un votante por cada cinco empleados; las que emplean a más de 50 tienen 10 votantes y uno más adicional por cada medio centenar de trabajadores.

Pudiera parecer que esto responde a la proverbial excentricidad británica, o quizá al arraigado clasismo de esta sociedad, donde el acento a la hora de hablar delata como ninguna otra cosa la procedencia social. Tanto es así, que se esquiva la movilidad social con una suerte de señales no escritas, como que no deben llevarse zapatos marrones con un traje a la hora de presentarse a una oferta de trabajo en la City, porque es la prueba evidente de que el aspirante no pertenece a los clanes de los elegidos, que saben desde pequeños cuáles son los colores que combinan adecuadamente. No importa la formación, ni el talento, ni las aptitudes, sino el apellido. Y aunque la ley no permita estas discriminaciones hay muchas maneras de saltarse esas prohibiciones.

En las cumbres europeas, en las de los principales países industrializados, dicen las crónicas que ha empezado a cundir «la preocupación» por el auge de formaciones populistas, aislacionistas, proteccionistas, que logran reunir en las urnas el descontento de «los perdedores de la globalización». Muy pocas veces, por no decir nunca, se cuestiona hasta qué punto los privilegios más modernos del capitalismo se sustentan en cosas tan antiguas como las herencias y los vasallajes. Desde luego que en España no hay una cosa como la City pero, a poco que se rasque, se descubre que buena parte de las principales fortunas contemporáneas siguen en las mismas fortunas de antaño. No podemos tomarnos en serio esa preocupación si no se desarrolla desde, qué sé yo, algún tipo de fuerza política organizada como un partido para el que sea una cuestión prioritaria un reparto más justo de la riqueza y que crea realmente que el origen de cuna no debe determinar lo que se es en la vida. Ojalá se inventara algo parecido.