Gran parte de los intelectuales que con mayor o menor entusiasmo apoyaron en su día el cambio que supuso la victoria socialista de 1982, victoria debida en gran medida al voto masivo de las clases medias urbanas e instruidas a favor de la moderación y la realpolitik de un grupo dirigente del PSOE de altísimo nivel, mantienen hoy una posición muy crítica con la actuación de los socialistas.
Es verdad que el desencuentro entre el PSOE y muchos de quienes lo habíamos respaldado en 1982 con grandísima ilusión, ¡qué duda cabe que algo ingenua!, no empezó con la trágica llegada de Sánchez a Ferraz. La última etapa de González, en la que la corrupción alcanzó cotas pavorosas y, sobre todo, la presidencia de Zapatero, durante la cual, además de producirse un giro disparatado en la posición del PSOE respecto de dos temas esenciales (la cuestión territorial y la revisión de la transición), tuvo lugar un relevo generacional que se tradujo en un asalto voraz del populismo a la política socialista, marcaron dos momentos de distanciamiento progresivo entre el PSOE y quienes no solo lo secundamos en las urnas sino que dimos la cara por él, en general a cambio de nada, durante la dura etapa de profundas reformas de González.
Recuperando una vieja tradición de la izquierda comunista (la de acusar a los socialistas de socialfascistas), este distanciamiento, que iría dejando al PSOE poco a poco sin el sostén electoral de una buena parte de sus electores jóvenes, urbanos e instruidos y sin el apoyo ideológico de intelectuales de mayor o menor fuste, no tuvo el efecto que hubiera sido deseable -abrir una autocrítica sobre los errores derivados de su izquierdismo y populismo-, sino que provocó el reflejo típico del patriotismo de partido: ¡los críticos se habían pasado en masa a la derecha!
De ese modo iría engordando, con una mala baba progresiva, una acusación tan generalizada como falsa contra cualquiera que se atreviera a discrepar de la línea oficial de un partido controlado por unas élites constituidas por profesionales de la política de muy baja calidad, que el trío Sánchez, Hernando y Luena representa de un modo difícilmente superable.
Lo curioso de ese supuesto proceso de metamorfosis derechista de quienes critican al PSOE y habían antes apoyado sus políticas reformistas reside en una paradoja fácilmente constatable: que mientras las ideas de esos críticos son, con pequeños matices, las de antaño, el PSOE ha pasado a defender posiciones políticas que nada tienen que ver con las que hicieron de él el primer partido de España, a gran distancia de todos los demás. De nuevo la cuestión territorial puede ser a este respecto un buen ejemplo.
El resultado final del desencuentro, parece que ya definitivo, entre el PSOE y lo mejor de su antigua intelectualidad está ahí bien a la vista: un partido que acusa de estar con el PP a todo el que no le manifiesta la fidelidad del carbonero y que, entre acusación y acusación, pierde sin cesar los votos y el respeto que necesita para volver a ser lo que fue.