En la radio suena otra sesión de investidura. Excusa suficiente para hablar. Los taxis y los trenes convocan el pensamiento filosófico de los humanos. Han retirado a Kant de los institutos pero siempre habrá un conductor dispuesto a hablar de estética trascendental con un desconocido. El soniquete monótono de las votaciones activa la necesidad que este hombre tiene de confesarse. Construye las frases con la convicción de quien ha visitado menos escuelas que tabernas, pero rezuma un orgullo de clase que invita a reflexionar. El taxista tarda treinta segundos en hablar de su hija. ¡Tiene 21 años y ya acabó la carrera!; se me va ya porque habla inglés; estuvo en Alemania y se entendía perfectamente con ellos; nos fuimos de vacaciones a Italia y consiguió el billete por cien euros; nos fuimos a Portugal y le dio una lección al taxista que nos quiso engañar, primero le habló en inglés y luego en gallego. Le dijo que ojito, que éramos como de allí y que nos conocíamos. Claro que estoy orgulloso de ella. Yo no tengo estudios. La madre, el graduado. Salió a ella.
En la radio siguen votando. La política bucle parece todavía más irreal frente al relato hiperrealista del taxista. Todo suena de verdad dentro del coche. Es inevitable que su historia te conmueva. Intuir cómo mira a su hija con cada centímetro que le gana a la vida. Envidiar esa convicción ya inamovible, esa de que tus hijos tendrán una vida mejor que la tuya, una lógica que tantas veces se ha llevado por delante la crisis. Es fácil suponer el esfuerzo, las horas de trabajo, las renuncias de esos padres que hoy contemplan la vida que ha emprendido la niña. A veces las cosas salen bien. En la radio aún siguen votando. Los dos relatos, el de los políticos ensimismados y el del taxista orgulloso, se entrecruzan. La vida es eso que transcurre entre sesiones de investidura. A veces incluso al margen de ellas.